Desde nuestra trinchera, a ras de tierra

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La imposición de la ideología franquista en el seno de las Fuerzas Armadas no concluyó con el final de la dictadura, manteniéndose a lo largo de estas últimas cuatro décadas una lucha soterrada contra los valores democráticos, que trasciende los muros de los cuarteles, contaminando la vida política y social de nuestro país.

Trataré, por tanto, desde nuestra trinchera, a ras de tierra, difundir algunos conceptos elementales que estimo esenciales para la compresión de la sociedad de la que formamos parte, especialmente orientados a aquellas compañeras/os no familiarizados con la teoría marxista, cuya génesis y desarrollo fue impulsada por el potente movimiento obrero de los siglos XIX y XX. Lo hago consciente de mis limitaciones y siempre contando con la indulgencia de mis queridos/as lectores/as.

He de confesar que no siento apego por ningún tipo de beaterías, cualesquiera que estas sean, por ello trataré de expresarme de la forma más racional posible, con el respeto intelectual debido a los grandes pensadores que han aportado avances esenciales al conocimiento científico, ya sea a las ciencias de la naturaleza, ya fuese a las ciencias sociales, siempre en continua transformación y avance.

Hace unos días, leyendo en un medio digital ultraconservador, extremadamente españolista, es decir fascista, los desatinos de un general monárquico, antaño Ayudante de Campo del Rey y hogaño Presidente de la Fundación Nacional Francisco Franco (FNFF), topé con la columna de un exbanquero, también viejo conocido del Rey Juan Carlos I, un rey español y mucho español, huido a tierras lejanas por sus presuntos latrocinios del erario público.

El artículo del banquero en cuestión, antiguo empresario del sector farmacéutico, llamó de inmediato mi atención, pues me recordó algunas de mis lecturas de juventud, de renovada actualidad en estos tiempos convulsos ¿cuándo no lo fueron? Tiempos, por otro lado, esperanzadores, pues de las grandes crisis, ya sean científicas, ya sean sociales, surgen oportunidades de cambio de las que pueden derivarse, a veces, avances cualitativos.

En concreto, transcribo textualmente el párrafo que captó mi atención:

Asistimos impávidos a una globalización, que no es sino un estandarización del control por el suprapoder, y a la consiguiente desaparición fáctica de los Estados nacionales, no tanto en manos de supraorganizaciones políticas como de superestructuras financieras construidas sobre la libertad de circulación de capitales y el artificial dinero financiero.¿ Cuál es la respuesta de la derecha al nuevo escenario ?”

Su autor es Mario Conde, antiguo y brillante abogado del Estado, cuyo fulgurante ascenso en el mundo empresarial provocó su caída en desgracia, siendo rechazado por una oligarquía financiera elitista y corporativa que no lo admitió en su seno.

Lo constatado en dicho párrafo me ha recordado, como he dicho, una de mis lecturas de juventud: “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, escrito en el año 1916 por Vladímir Ilich Uliánov, conocido como Lenin (1870-1924). Su autor pone en evidencia cómo el librecambismo tocaba a su fin. Es decir, el final de la libre competencia entre empresas y por tanto también el de la fijación de los precios de los productos mediante la mano invisible del mercado.

La confrontación entre la oferta y la demanda de productos, en un mercado libre de trabas, formado por multitud de empresas productoras e infinidad de clientes o consumidores finales, tendía a fijar un precio de equilibrio, el cual llevaba de algún modo inscrita la cantidad de trabajo humano necesario para su producción. Comercio que, teóricamente, habría de regular automáticamente los precios, y finalmente la asignación de recursos de forma eficiente.

Describe Lenin en su obra -aportando datos estadísticos de la época, concernientes a los países más desarrollados- como la concentración de capital daba lugar a grandes monopolios que pasaban a acaparar sectores enteros de la producción. Se apoyó para ello en las tesis del gran pensador alemán Karl Marx (1818-1883) referentes a las leyes de la evolución del capitalismo, enunciadas en el siglo XIX; entre otras, la tendencia inevitable del sistema a la acumulación de capital y finalmente a la formación de grandes monopolios.

En el nuevo periodo denominado imperialismo, que arrancó prácticamente a mediados del siglo XIX y se desarrolló a lo largo del siglo XX, solo los grandes monopolios podían competir entre sí. El Estado dejó de estar hegemonizado por la clase burguesa, pasando a estar controlado por los sectores monopolistas de ésta. El Estado se transformó en el instrumento de dominio del gran capital, poniéndose al servicio de este grupo minoritario, que había pasado a detentar su hegemonía sobre el resto de la sociedad. Finalmente la unión de la fuerza de los monopolios con la fuerza del Estado burgués dio lugar al capitalismo monopolista de Estado.

En los albores del capitalismo, en cada sector de la producción, competían multitud de pequeños productores. La revolución industrial aceleró el proceso de concentración de empresas, mediante el aumento de la productividad que la mecanización impulsaba, requiriéndose cada vez mayores medios materiales para supuesta en marcha y, por tanto, mayores capitales. La feroz competencia en el mercado, y la necesidad de equipamiento más costoso y, en general, de mayores medios materiales de producción, exigidos por la creciente automatización de la producción, generó crisis cíclicas de sobreproducción que arruinaron a pequeñas y medianas empresas, cuyos mercados pasaban a ser absorbidos por las grandes corporaciones, produciéndose una acumulación masiva de capital.

Muchos pequeños y medianos productores eran expulsados del mercado en cada crisis cíclica de la economía capitalista, haciendo cada vez más dificultosa la existencia de una pequeña y mediana burguesía, que veía con pavor su futuro amenazado, mientras el paro obrero se multiplicaba, arrojando a la miseria a grandes masas trabajadoras. Esa fue la tendencia creciente de acumulación de capital, por el cual unas pocas empresas pasaron a controlar cada sector de la producción (eléctricas, farmacéuticas, etc.).

El papel de las entidades financieras, y la fusión imparable de estas, concentraron su capital en grupos de poder capitalistas cada vez más reducidos. Su penetración en el sector industrial y en los medios acrecentó el poder de este núcleo elitista, que constituye la oligarquía financiera, dominando la economía de los países.

La globalización y la desregulación de los mercados ha incrementado el flujo de capitales, es decir la exportación de estos, que excede en mucho al flujo de mercancías, creándose “superestructuras financieras construidas sobre la libertad de circulación de capitales y el artificial dinero financiero”, que se reparten el mundo pasando por encima de fronteras y de gobiernos nacionales.

Los estados-nación tienden a desaparecer de facto, engullidos por los estados-continente, que dominan la escena en función de su poder económico y militar, estableciéndose alianzas jerarquizadas que se reparten territorialmente el mundo, constituyéndose sistemas formados por una cadena imperialista. Esto obliga a cada gran potencia a someter a otras potencias subordinadas, para la apropiación de las materias primas que necesitan y la ampliación de sus mercados. Su poder e influencia depende del capital que posean y de su fuerza militar. Estas alianzas jerarquizadas están encabezadas por un hegemón que domina al resto de países a costa de someterlos, por las buenas o por las malas.

La existencia de estos monopolios y su impacto sobre la vida cotidiana de las personas es algo que las clases populares de nuestro país han podido constatar en estos días, con estupor e impotencia, al ser anunciada por el Gobierno de coalición progresista ¡nuestro gobierno! las nuevas tarifas eléctricas. Una autentica tragedia para más de cuatro millones de familias trabajadoras que viven al borde de la indigencia, lo que acrecienta e intensifica la triple crisis sanitaria, social y democrática en la que estamos inmersos.

Prueba evidente, por tanto, de la necesaria movilización ciudadana en defensa de los intereses de las clases populares, así como la ineludible toma de conciencia de los estratos sociales explotados. La nacionalización de determinados sectores monopolistas de estado es una necesidad imperiosa para el desarrollo democrático y la defensa de las libertades amenazadas, pues debido al exorbitante poder que detentan hace que personajes que no se presentan a las elecciones dominen la vida pública, quitando y poniendo gobiernos a su antojo, mediante el control por la puerta trasera de las instituciones democráticas.

La nacionalización de sectores estratégicos tan determinantes como las grandes compañías eléctricas o las grandes entidades financieras haría accesible, a empresas y usuarios, a bienes tan primordiales como la energía o los medios crediticios, en condiciones más justas, pues unos precios exorbitantes de estos servicios esenciales acaban reflejándose en todos los sectores de la producción y, por tanto, en una subida generalizada de precios.

Manuel Ruiz Robles es Capitán de Navío de la Armada, miembro de la UMD y del Colectivo Anemoi. Presidente Federal de Unidad Cívica por la República.

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