Condenado el colegio protegido por los reyes

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Arturo Del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

Se juntan siempre con los peores, y así les va. Como diría un castizo, les falla el cacumen por no pensar más que en la condición anatómica que los distingue. Los reyes solamente se ocupan de la realeza, despreciando la realidad. Por eso se hicieron protectores del Colegio Valdeluz, situado en la madrileña calle de Fermín Caballero, 53, regido por la orden –o mejor, desorden— de San Agustín, sin caer en la cuenta de que en donde hay frailes hay pederastia inevitablemente. Pero su pesquis se halla en otro sitio. Debido a ello, el 9 de junio de 2017 el rey católico y su consorte igualmente católica aunque excomulgada, enviaron una fotografía para que la colgaran en el colegio: “Con mucho afecto”, escribieron antes de sus firmas, “de real mano”, como se decía antes.

Hacía ya tres años que el colegio estaba denunciado, a causa de no haber vigilado la actuación de uno de sus profesores, Andrés Díez y Díez, acusado por catorce alumnas, catorce, por abusar sexualmente de ellas. Es que los frailes y la pederastia son la misma cosa indignante que debiera extirparse de la sociedad; claro que para ello es preciso extirpar a los frailes como única solución idónea. No hay tribunal de Justicia que se atreva a hacerlo, pese a que la evidencia abrumadora confirma que los colegios de frailes y monjas son centros de perversión sexual. El profesor fue puesto entonces en prisión preventiva, mientras se investigaban las denuncias. Dos fueron desechadas, pero las otras doce se consideraron probadas.

Esto sucedió en 2014, tres años antes de que sus majestades los reyes nuestros señores escribieran al director general del colegio, el calificado de “reverendo padre”, aunque se comportó como un padrastro, José Carlos Ruiz Juan, y de reverendo ha demostrado no tener nada, enviándole su retrato real, para que se expusiera en el colegio, en demostración de su real patrocinio a las actividades colegiales, tan poco recomendables.

Las sentencias

La Sección 23 de la Audiencia Provincial de Madrid, por sentencia del 3 de julio de 2018, condenó al ex profesor Andrés Díez y Díez, por la comisión de doce delitos de abuso sexual con prevalimiento por abuso de superioridad, y al colegio por responsabilidad civil subsidiaria por culpa in vigilando, ya que ignoró las denuncias presentadas desde 2002 por las alumnas, hasta que en 2014 el escándalo era tan general que se vio obligado a intervenir, y suspendió de sus funciones al profesor. Durante doce años estuvo comportándose como un depredador sexual en el colegio de los padrastros agustinos patrocinado por sus majestades los reyes católicos de España.

Tanto el profesor como el colegio recurrieron la sentencia ante el Tribunal Supremo, que ahora ha hecho pública su sentencia el 11 de junio de 2019. En ella se condena al exprofesor a 49 años de prisión y a una indemnización de 142.000 euros, considerando probadas las denuncias, expresadas por las alumnas de una manera propia de sus pocos años e ignorancia de la vida sexual: en las clases no les impartían lecciones teóricas acerca de la sexualidad, pero les hacían demostraciones prácticas.

Asimismo rechaza el recurso presentado por el Colegio Valdeluz, regido por la orden –o más bien desorden– de San Agustín, en el que alegaba que la sentencia condenatoria de la Audiencia Provincial de Madrid por culpa in vigilando vulneraba su derecho al honor y dañaba su reputación. Considera el Alto Tribunal que no ha lugar al recurso, porque una profesora conocía los hechos denunciados, sin que el claustro tomase ninguna medida restrictiva. Alega además que “no cabe acudir como argumento exoneratorio de la responsabilidad civil a las repercusiones sociales y mediáticas que una sentencia de esta índole puede conllevar”, puesto que se condena un delito probado.

La desvergüenza de los frailes agustinos constituye un insulto a la sociedad. Llega al extremo de pretender que no se pene su proceder delictivo porque la condena dañará su imagen pública, como si no lo estuviera ya toda la secta catolicorromana a escala mundial por la comisión de abusos sexuales contra los niños y niñas encomendados a su educación. Para ellos lo malo no es que se abuse de menores de edad, sino que se dé publicidad a los hechos. Se comprende, porque esa publicidad negativa disminuye el número de sus víctimas. Lo incomprensible es que todavía haya padres tan degenerados que matriculan a sus hijos e hijas en colegios regidos por frailes y monjas, cuando está probado que todos son antros de perversión.

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