“Celebrar en abril la democracia” por Arturo del Villar

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Los medios de comunicación de la extrema derecha están eufóricos. Tras haber organizado una conmemoración del 28 de marzo por la toma de Madrid en 1939, ahora anuncian actos para celebrar el 1 de abril la victoria del Ejército monárquico sublevado. Los fascistas vencedores desfilaban por las ciudades españolas conquistadas, mientras los republicanos vencidos lo hacían por los caminos de la República Francesa, hacia los campos de concentración a que habían sido destinados. La Delegación del Gobierno aprueba todo lo que le proponen, basándose en la permisividad autorizada por el primer párrafo del artículo 21 de la Constitución.

La guerra fue consecuencia de la sublevación de los militares monárquicos contra la República legítimamente constituida. Los vencedores inventaron una jerga especial para designar su traición, impuesta a consecuencia de su victoria gracias a la colaboración de las potencias nazifascistas con militares y armas, y de la Iglesia catolicorromana con el dinero recaudado en sus templos por todo el mundo. Las represalias mortíferas de los vencedores se repetían cada vez que conquistaban una localidad, y se mantuvieron hasta 1975, hasta unos días antes de la muerte del dictadorísimo elegido por sus compañeros de traición. Impusieron la costumbre de celebrar todos los años un desfile militar conmemorativo de su triunfo.

Las cifras de la represión varían según los historiadores. Los juicios sumarísimos terminaban en sentencias de muerte sin atisbos de legalidad. Más de un millón de patriotas murieron por defender la legalidad constitucional, y todavía se buscan los restos de muchos de ellos, enterrados en cualquier lugar. Otros muchos fueron enterrados en los países en los que se exiliaron, en busca de la libertad proscrita en su patria.

¿Deben las autoridades monárquicas autorizar la conmemoración del golpe de Estado traidor, de la guerra sanguinaria y de la posguerra asesina, porque la Constitución monárquica vigente lo permita? En España no se ha juzgado a nadie por los crímenes cometidos durante la guerra y la posguerra. Aquí se ha producido una evolución de la dictadura fascista a la monarquía instaurada por el dictadorísimo fascista para perpetuar su régimen genocida. Continuaron en sus cargos todos los servidores de la dictadura, empezando por el jefe del Gobierno, un criminal de guerra probado. Cambió el nombre del jefe del Estado, para demostrar que la dictadura evolucionaba exteriormente, pero sin modificar su esencia totalitaria.

En los países liberados de la ocupación nazifascista se juzgó a los colaboracionistas, y algunos fueron ejecutados por el pueblo. Por el contrario, aquí siguieron desempeñando cargos públicos. En las calles de París, por citar la ciudad más civilizada sin duda de Europa, se colocaron placas en las calles para recordar a las víctimas de la ocupación. En Madrid permanecen muchos rótulos de la dictadura en calles y edificios, además de los monumentos erigidos entonces en recuerdo de su triunfo.

Las naciones democráticas han eliminado la memoria de aquel abominable período, en el que sufrieron la ocupación germanoitaliana. Aquí se condecoró a los jefes de las tropas ocupantes, se les concedió un puesto de honor en el llamado “desfile de la victoria” organizado el 19 de mayo de 1939 en Madrid, y se levantaron mausoleos para sus muertos. Se publicaron biografías de sus dirigentes, e historias de sus triunfos, que se encuentran todavía a la venta en las librerías de viejo. En España no se quiere olvidar ese período negro de la historia, sino que se procura mantenerlo vivo.

Todo demócrata está obligado a preservar las libertades públicas, eso es un axioma indiscutible. Sin embargo, debe plantearse la cuestión de si hay que defender las ideologías que quieren precisamente poner fin a las libertades públicas. Parece más bien que sería un suicidio, facilitar a los enemigos de la libertad los medios para exterminarla.

Hemos aceptado la creencia en que la grandeza de la democracia consiste en proteger a los contrarios a la democracia, para que puedan difundir libérrimamente sus teorías totalitarias. Hay que preguntarse si eso es ciertamente su grandeza o su debilidad. Los partidarios de facilitar a las sociedades las garantías para que se desarrollen en libertad, parece que estamos obligados a impedir a los adversarios los medios para cumplir esos fines. No se trata de fusilarlos, como ellos harían en su caso, sino de impedirles cualquier acción tendente a conseguir la alteración del orden democrático, prohibiendo las manifestaciones públicas para exaltar su ideología, o las publicaciones que facilitan su apología. Eso es legítima defensa.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

Nota: el articulo es responsabilidad de su autor, a. Nosotros solo somos el medio que permite libremente expresarse a sus autores, as.
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