‘Cardenales con licencia para matar’ por Arturo del Villar

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He denunciado muchas veces el inmenso cinismo de la secta catolicorromana, porque siendo la organización más criminal habida en toda la historia de la humanidad, se atreve a decir que defiende la vida, por ejemplo cuando condena el aborto y excomulga a las pobres mujeres pobres que recurren a él como solución a sus problemas (las pobres solamente, porque a las reinas las aceptan aunque esté publicada la prueba documental de sus abortos).

Otra cantinela recurrente en sus anatemas es la eutanasia, prohibida totalmente para la secta. El tema se ha reabierto en los últimos días por el caso de Vincent Lambert, tetrapléjico desde 2008, mantenido artificialmente con vida en una cama en un hospital de Reims, desconectado de los aparatos de control el pasado día 11 de julio.

No podía desaprovechar la oportunidad de confirmar su inmenso cinismo el cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, y lo ha hecho el 13 de julio en la localidad cántabra de Torrelavega, lugar propicio dado el probado integrismo de esa comunidad, tanto que elige reiteradamente a un falangista como presidente. La caradura de Osoro queda confirmada en el discurso que pronunció, según lo ha recogido Europa Press, con frases como éstas:

En la Iglesia defendemos siempre la vida. Optamos por dar la vida, por mantener la vida, porque los dueños no somos nosotros, el dueño de la vida es Dios, y él tiene la entereza de darnos la vida, del comienzo, y también la capacidad para entregarnos el final.

Jugaba con ventaja, porque sabía que ninguno de los obsesos oyentes osaría interrumpir su sarta de mentiras, para decirle que o es un canalla divulgador de falsedades, o es un ignorante desconocer de la historia de la secta en la que ocupa un lugar tan preeminente. La Iglesia catolicorromana es la organización más criminal que ha habido en toda la historia de la humanidad, la que más genocidios ha cometido, porque se pasó diecinueve siglos asesinando impunemente, en nombre de su Dios sanguinario, a quienes discrepaban de sus tergiversaciones de la Biblia, de sus errores científicos y de sus dogmas aberrantes.

El pueblo elegido y genocida

La secta se reservaba la supuesta licencia para matar porque lo hacía en nombre de su Dios, porque afirmaba que fuera de su institución nadie podía lograr la salvación eterna, y porque aseguraba matar el cuerpo para salvar el alma del condenado, con lo cual le hacían un gran favor. Los cardenales tenían licencia para matar, decían ellos, y quien la discutía se convertían en anatema y debían morir en tormento. Conservó su poder absoluto hasta el siglo XVI, cuando unos cristianos decidieron poner en práctica lo ordenado en la Biblia y reformar las costumbres corrompidas por el papa y sus acólitos. La Reforma triunfó en buena parte de Europa, la que alcanzó un gran desarrollo científico al decretar el libre examen de los textos bíblicos, pero en los países latinos sometidos al papado continuó la represión genocida, con el lógico atraso en las ciencias. Esa parte atrasada siguió fanáticamente los absurdos dogmas catolicorromanos, y asesinando a quienes lo rechazaban.

Es cierto que el cristianismo heredó la Biblia del judaísmo, un pueblo siempre belicoso que cree haber sido elegido por su Dios para dominar a los demás. Ese Dios, llamado Jehová o Yahvé, se dice en el libro bíblico del Deuteronomio que prometió a su pueblo elegido la posesión de la tierra de Caná, pero debía conquistarla, luchando contra los pueblos que la habitaban pacíficamente. La conquista había de hacerse a sangre y fuego, destruyendo totalmente las ciudades y matando a los habitantes. La orden era genocida, mucho antes de que se inventara ese vocablo terrible:

Cuando Yahvé, tu Dios, la pusiere en tus manos [a una ciudad cananea] pasarás a todos los varones al filo de la espada, pero las mujeres, los niños y los ganados y cuanto haya en la ciudad, todo su botín lo tomarás para ti y podrás comer los despojos de tus enemigos, que Yahvé, tu Dios, te da” (20:13-14).

Con esta disculpa el pueblo judío exterminó a los pueblos cananeos, y todavía hoy reclama su cumplimiento. La orden no siempre se cumplió al pie de la letra, como ocurrió al debutar con la toma de Jericó, según se lee en el libro de Josué:

Apoderándose de la ciudad, dieron al anatema todo cuanto en ella había, y al filo de la espada a hombres y mujeres, niños y viejos, bueyes, ovejas y asnos (6:21).

No se comprende por qué motivo era preciso cometer ese genocidio absoluto, incluyendo a los animales. Estos preceptos, y muchos otros semejantes que sería reiterativo citar, se encuentran en el Antiguo testamento bíblico, aceptado por los cristianos como inspirado por el Espíritu Santo. Por ello es indudable que el Dios al que asegura adorar la Iglesia catolicorromana, es un ser implacable que no siente el menor respeto por la vida humana. Esa licencia dada por el Dios de los judíos y de los cristianos para exterminar a los enemigos o no la conoce el obtuso Osoro, lo que demuestra su grandísima ignorancia, o sí la conoce pero pretende engañar a su auditorio, lo que demuestra su inmensa desvergüenza. En fin, es un típico cardenal de la Iglesia catolicorromana, como los que condenaron a Galileo por defender que la Tierra gira alrededor del Sol y no al revés, según sostenían ellos. Hace lo que le da la gana, porque sabe que nadie se atreve a cerrarle la boca con argumentos, debido a que es cardenal.

“¡Matadlos a todos!”

Por ejemplo, con argumentos tomados ya no de la Biblia, sino de la abominable historia de la propia Iglesia catolicorromana. En su cuenta figuran atrocidades como el exterminio de pueblos enteros en la Europa medieval, como los valdenses o los cátaros por el supuesto pecado de querer seguir el mensaje del Evangelio en su pureza, rechazando las perversiones introducidas por los papas romanos. Siguiendo el ejemplo del pueblo judío, los papas ordenaron aniquilar por entero a pueblos apartados de sus errores.

El retrato más exacto de la Iglesia catolicorromana lo hizo Simón de Montfort. Fue el encargado por el papa Inocencio II de poner fin a la considerada por él herejía cátara extendida por el territorio del Languedoc, en el Sur de Francia. La palabra cátaro es de origen griego, y equivale a puro; los cátaros practicaban un ascetismo de vida basado en la pureza evangélica. Por ese motivo resultaban intolerables para el papado y sus secuaces, hundidos en todos los vicios posibles.

Precisamente para aniquilar a los cátaros fue creado el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en 1184, pero al difundirse el catarismo cada vez más a consecuencia de la vida ejemplar llevada por sus adeptos, Inocencio II organizó una cruzada, dirigida por Simón de Montfort, a la que convocó a todos los señores franceses. El ejército papal conquistó el 21 de julio de 1209 la ciudad de Beziers, y Montfort ordenó a su tropa matar a todos los habitantes sin ninguna excepción, según la costumbre judía.

Como los soldados le advirtiesen que allí no sólo estaban los cátaros, sino otros habitantes sin relación con ellos, Montfort replicó con una frase que representa muy bien hasta dónde llega el horror posible en la secta catolicorromana: “¡Matadlos a todos! Dios reconocerá a los suyos y les dará la gloria.” Ese día fueron masacradas alrededor de ocho mil personas, hombres, mujeres y niños, lo que constituye un genocidio catolicorromano en cualquier tiempo. Ya que nadie ha pedido cuentas a los papas por ese crimen, el siniestro Osoro es capaz de continuar lanzando falsedades históricas: la Iglesia nunca ha respetado la vida humana. La guerra de exterminio en el Languedoc acabó en 1255 con la conquista del castillo de Quéribus, último reducto cátaro. No hace falta contar lo que allí sucedió.

Con la cruz a sangre y fuego

A esa cruzada han seguido otras hasta tiempos recientes. Las medievales fueron ocho, extendidas entre los siglos XI al XIII, lo que demuestra la persistencia de los sucesivos papas romanos en la intención de exterminar a los mahometanos. Una figura repulsiva de fanático inmisericorde fue el organizador de la primera, Pedro de Amiens, conocido como El Ermitaño.  Escuchó la llamada del papa Urbano II en 1095, para ir a liberar a Jerusalén del dominio de los turcos, y predicó con gran obcecación el deber de todos los cristianos de conquistar los llamados santos lugares a los infieles que, en su opinión, los profanaban. Se los conocía por cruzados debido a que llevan una gran cruz en el pecho, su licencia para asesinar a mansalva.

Con la consigna de Deus lo volt reunió a una multitud de 12.000 hombres, facinerosos, ladrones y depravados, en la denominada por los historiadores cruzada de los pobres. A ninguno de ellos le importaba nada la religión, y nadie pensaba en lo que podía querer Dios, sino que se movilizaba por el ansia de alcanzar una fortuna con los saqueos. En mayo de 1096 se lanzaron alegremente a la conquista de la llamada tierra santa, con el resultado previsible dada su ignorancia de las armas: fueron totalmente aniquilados, lo que les demostró que Dios no quería guiar un ejército de asesinos.

Pero no sirvió de escarmiento el fracaso, así que al año siguiente se organizó un ejército regular en la época, al mando de Godofredo de Bouillon, que consiguió tomar Jerusalén el 15 de julio de 1099. Nombró capellán al Ermitaño, que inmediatamente predicó el saqueo de la ciudad y el exterminio total de sus habitantes, hombres y mujeres, ancianos y niños. Aunque el mendaz Osoro lo niegue, la vida humana siempre ha sido despreciada por la Iglesia romana

Bouillon también estaba animado por el deseo de engrandecerse, de modo que aprovechó la victoria para proclamarse rey de Jerusalén. Por muy abracadabrante que resulte, este título lo ostenta ahora el rey de España, entre sus muchísimas teóricas posesiones repartidas por el mundo. Estaría muy bien que trasladara su trono allí, a ver si imponía paz en la región, y de paso nos permitía unas vacaciones a sus resignados vasallos.

Los cardenales y los obispos españoles bendijeron a los militares monárquicos españoles sublevados, y predicaron que la guerra iniciada por ellos era una cruzada contra “los sindiós”. Sería, pues, de hacerles caso, la última cruzada. Es verdad que sus huestes no llevaban una gran cruz en el pecho, como las tropas medievales, sino los llamados detentes, una imagen del corazón de Jesucristo, que al parecer conocían bien, con la inscripción “Detente, bala”, como si las balas supieran leer. En la infame Carta colectiva del Episcopado español, publicada el 1 de julio de 1937, los firmantes explicaban a sus fieles que debían enrolarse en la banda de los rebeldes, porque aquella era una cruzada y Dios lo quería. Es verdad que ganaron la guerra, pero debió de ser más por el superior armamento que les facilitaron los países nazifascistas de Alemania e Italia, que por las balas detenidas por el corazón de Jesucristo.

Los fusilamiento en masa practicados por los militares monárquicos sublevados estuvieron bendecidos por los clérigos catolicorromanos, por lo cual se confirma que la Iglesia de Roma no siente el menor respeto por la vida humana. A no ser que Osoro crea que los republicanos no tenemos la condición de seres humanos, cosa posible en su menguado cerebro.

El santo oficio

Con todo lo dicho para demostrar que Osoro es un canalla mentiroso, se queda corto ante el inhumano instrumento inventado por la Iglesia de Roma para acabar con quienes consideraba réprobos merecedores de matar sus cuerpos para salvar sus almas, según la disculpa inventada para cometer sus horrores genocidas. No ha habido otra institución tan criminal nunca. Persiguió a los judíos debido a que los consideraban la raza decida, nada menos. Su obsesión permitía a los inquisidores exigir expedientes de “limpieza de sangre” como “cristianos viejos” a quienes deseaban ocupar cargos públicos, idea muy bien acogida por los reyes. Se vigilaba estrechamente a los considerados judaizantes, personas convertidas al cristianismo para salvar sus vidas, pero que en la soledad de sus hogares continuaban respetando las leyes judaicas.

Una característica perversa de la Inquisición consistía en aceptar denuncias anónimas. Se detenía al denunciado y se le llevaba a los calabozos, en donde se le sometía a torturas horrorosas para obligarle a confesar su culpabilidad. Contra los principios más elementales del Derecho, no eran los acusadores quienes debían demostrar la comisión del delito ante los jueces, sino que los acusados estaban obligados a demostrar su inocencia, probando, por ejemplo, que el sábado anterior no habían volado montados en una escoba a celebrar una reunión con el diablo.

Siempre los denunciados era considerados culpables, unas veces porque ellos confesaban para evitar las torturas, y otras porque los jueces afirmaban que en la insistencia por no aceptar la culpa se descubría la influencia del diablo. Por ese motivo fueron quemados vivos en los llamados autos de fe, encendidos por los clérigos y a veces presididos por los monarcas, pobres seres acusados de seguir fieles a las costumbres mahometanas o judías, científicos conocedores de la realidad universal, los acusados de brujería o de sodomía o de blasfemar, los autores de libros de literatura calificada de inmoral o perniciosa, los cristianos opuestos a las corrupciones de las autoridades romanas, los traductores de la Biblia a los idiomas vulgares, sus impresores, vendedores o lectores, para impedir que pudieran comprobarse sus tergiversaciones del texto considerado por ellos sagrado, pero al que pervierten a su gusto.

El ejemplo de manipulación más increíble lo demuestra la corrección del decálogo entregado por Dios a Moisés en el Sinaí, según relata la Biblia: con total impunidad e insolencia han eliminado el segundo mandamiento que prohíbe hacer imágenes y adorarlas, lo que les obligó a dividir el décimo mandamiento en dos para que continuase el decálogo. Como ésta, tantas otras falacias que han causado la muerte de millones de seres inocentes, inmolados por la Iglesia catolicorromana en nombre de su Dios sanguinario, intolerante e implacable, que exige el sacrificio de los réprobos con ideas claras sobre la verdadera doctrina emanada de la Biblia, basada en la predicación de Jesucristo según queda expuesta en el Evangelio. La licencia para matar concedida por su Dios carecía de límites.

En España la Inquisición estuvo protegida por los reyes, para su provecho, porque así se libraban de sus enemigos políticos mediante a disculpa de salvaguardar la única fe verdadera, la de Roma. No fue abolida definitivamente hasta el 15 de julio  de 1834. Según Antonio Llorente, que fue secretario general del Tribunal antes de exiliarse en Francia, y por lo tanto conoció toda la documentación conservada, el número de procesados durante su vigencia ascendió a 341.021, y el de ejecutados a 31.912. Cifras referidas solamente a España.

Pero de esto no sabe nada el grandísimo cínico Osoro, y por eso tiene el desparpajo de afirmar en público que su secta ha defendido siempre el derecho a la vida. Para esta muestra infame del cinismo catolicorromano, resulta mucho más pecaminoso privar a un enfermo terminal de los aparatos que lo mantienen artificialmente durante años inmovilizado en una cama de hospital con vida vegetativa, que exterminar a pueblos enteros en sacrificio a su Dios implacable. Y ya que nadie le pide cuentas por sus mentiras, osa afirmar que su secta ha defendido siempre la vida, cuando es la peor genocida de la historia.

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