¡Basta de mártires, papa Paco! por Arturo del Villar

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La opinión por Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio

Si en España hubiera habido un Gobierno digno de tal nombre desde 2013, cuando fue elegido papa Jorge Mario Bergoglio, le habría advertido que dejara de nombrar beatos y santos a los llamados “mártires de la fe durante la Repú-blica”. Pero no lo ha habido ni lo habrá, porque el rey de España tiene el ape-lativo de rey católico por concesión del monstruoso papa Alejandro VI en 1496 a Isabel y Fernando y sus sucesores. Por eso el papa Paco reaviva periódica-mente la condena contra la República Española.

Este sábado 22 de junio de 2019 el legado papal, cardenal Giovanni Angelo Becciu, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, ha beati-ficado en la catedral de la llamada Nuestra Señora la Real de la Almudena, que por está al lado del Palacio Real, a 16 monjas concepcionistas ejecutadas durante la guerra organizada por los militares monárquicos sublevados contra la República. Ya existía en Madrid una calle nombrada Mártires Concepcionis-tas, pero no existe ninguna en homenaje a los asesinados por los rebeldes y enterrados en cualquier sitio.

Con ellas el papa Paco alcanza el récord de nada menos que 1.076 beatifica-ciones en sus seis años de pontificado, movido por su odio obsesivo a la Re-pública Española. Cuando era el jefe de los jesuitas durante la dictadura mili-tar en su patria argentina, no dijo nada sobre los crímenes que se cometían a diario contra los opositores. No se puede esperar más de alguien que lleva el nombre de Jorge, supuesto santo al que la misma Iglesia catolicorromana de-claró en 1969 que no había existido nunca. La historia eclesiástica se basa en mentiras y supercherías. Una de las más ridículas es declarar santos a muer-tos, sean por muerte natural o violenta. A los de muerte natural les exigen rea-lizar un milagro para ser proclamados beatos, y dos para ser santos, pero a los de muerte violenta les basta con estar muertos para que una aprobación papal confirme que están en el cielo.

En tiempo de guerra

Becciu, según su costumbre, cargó en su discurso contra la República, lo mismo que ha hecho en circunstancias semejantes a las de hoy. Insiste en afirmar siempre que sus beatos fueron muertos por odio a la fe. Como es ita-liano no conoce la historia verdadera de lo sucedido durante la guerra organi-zada por los militares monárquicos contra el régimen constitucional legítimo, de manera que ellos son los únicos culpables de lo ocurrido a partir del 17 de julio de 1936, cuando España pasó de la paz y la legitimidad constitucional a una guerra atroz, causante de un millón de muertos durante el conflicto y la represión posterior, medio millón de exiliados, y 36 años de régimen tiránico.

Es un hecho cierto que durante la guerra se fusiló en ambos bandos a los que actuaban como quintacolumnistas, ayudando a los contrarios. Está documen-tado que en los templos catolicorromanos se almacenaban armas para los su-blevados, que en las iglesias catolicorromanas de todo el mundo se recogían limosnas con destino a los militares rebeldes, que el Gobierno provisional de la República se vio obligado a expulsar de España al tontiloco cardenal Pedro Segura, arzobispo de Toledo, por sus actividades contrarias al nuevo régimen, y logró que “dimitiera” del cargo el 26 de setiembre de 1931; que el 20 de di-ciembre de 1931 se publicó una declaración firmada por 59 obispos y vicarios capitulares contra la recién aprobada Constitución; que el 25 de mayo de 1933 se publicó una “Declaración del Episcopado con motivo de la Ley de Confe-siones y Congregaciones Religiosas”, condenándola, pese a ser la voluntad muy comedida del Congreso; que el 3 de junio el papa Pío XI dio a conocer la encíclica Dilectissima nobis con el mismo motivo, lo que constituía una intole-rable injerencia de un jefe de Estado extranjero en los asuntos internos de Es-paña; que el 12 de julio del mismo año el arzobispo Isidro Gomá publicó la car-ta pastoral “Horas graves” convocando a los fieles a organizar una cruzada contra la República; que el 30 de setiembre de 1936 el obispo de Salamanca, Enrique Pla y Deniel, el que cedió el palacio arzobispal al exgeneral Franco para que dirigiese desde allí las operaciones militares rebeldes, hizo imprimir la carta pastoral “Las dos ciudades” clamando contra la República; que el 19 de diciembre de 1936 el entonces cardenal arzobispo de Toledo y primado de Es-paña, Isidro Gomá, fue nombrado encargado confidencial del Vaticano ante los sublevados, y para resumir, porque citar todos los ataques de los eclesiásti-cos catolicorromanos contra el Gobierno legítimo requiere un grueso libro, que el 1 de julio de 1937 se imprimió la infamante “Carta colectiva del Episcopado español”, en la que se hace un llamamiento todos los fieles del mundo a cola-borar con los sublevados contra la República: solamente ese año se hicieron 36 ediciones en numerosos idiomas, distribuidas en templos de los principales países por los clérigos.

La iglesia fue beligerante

Este recordatorio de la implicación de la Iglesia catolicorromana en la guerra a favor de los militares rebeldes está muy abreviada, pero basta para confirmar que la Iglesia catolicorromana fue beligerante durante la guerra, y es asumible que un conflicto armado provoque muertes violentas, incluso crímenes. Lo que no puede tolerarse en la paz es comprensible durante la guerra. Son inevita-bles las represalias: cuando se publica la noticia de un hecho bélico criminal, es lógico que las masas se indignen y carguen contra las personas de esa ideología, aunque no hayan tenido participación en ese hecho concreto.

Y debe tenerse en cuenta que muchos actos censurables cometidos en el te-rritorio leal fueron llevados a cabo por gentes incontroladas animadas por el deseo de venganza, sin intervención ni conocimiento de las autoridades civi-les y militares legítimas, en tanto las ejecuciones, violaciones, expoliaciones, torturas, imposición de beber aceite de ricino y demás violencias contra el pueblo español derrotado en la zona conquistada por los rebeldes, eran orde-nadas por los militares o los falangistas que los ayudaban en su criminal tarea, convertidos en autoridad responsable del orden público, entendido por ellos como de limpieza de enemigos.

De modo que si se fusiló a curas y laicos de la Iglesia catolicorromana fue de-bido a su implicación en el rechazo activo de la República, incluso desde an-tes de su proclamación, con especial incidencia en el curso de la guerra. No se les hubiera molestado de no haberse colocado abiertamente en oposición al Gobierno legítimo. Prueba de ello es que no se fusiló a nadie de otras con-fesiones religiosas; por el contrario, fueron los rebeldes los que prohibieron en los territorios conquistados la actividad pública de otras confesiones, y asesi-naron a sus dirigentes, como está muy documentado.

Con la victoria se impuso obligatoriamente la religión catolicorromana a todos los españoles, hasta el punto de que para conseguir un trabajo cualquiera se necesitaba presentar un certificado de buena conducta firmado por el párroco, y otro de adhesión al llamado Movimiento Nacional firmado por el jefe local. Los funcionarios tenían la obligación de formar los domingos en sus centros de trabajo, para asistir a la misa. Los españoles vencidos, fuera cual fuese nuestra edad, nos convertimos en católicos, apostólicos romanos, como se decía entonces. Todas las asociaciones y sindicatos contaban con un asesor religioso.

El nazionalcatolicismo

A esa religión victoriosa la conocemos como el nazionalcatolicismo. Yo estudié en la posguerra en un colegio de escolapios, en donde se nos obligaba a se-guir diariamente la misa y cantar el himno de la Falange. En todas las aulas existía un crucifijo, con los retratos del dictadorísimo y del fundador del Falan-ge a cada lado, como los dos ladrones crucificados con Jesucristo. Cito a mi colegio pero eso mismo sucedía en todos los del territorio conquistado. La polí-tica del régimen estaba inspirada por las declaraciones del papa y los obispos. Las leyes dictadas en ese tiempo declaraban a la religión catolicorromana su inspiradora.

El papa Pío XII concedió al dictadorísimo el Gran Collar de la Orden Suprema de Cristo, suprema blasfemia contra Cristo y agresión contra el pueblo español que sufría su régimen genocida. Se lo impuso el cardenal primado y arzobispo de Toledo, Pla y Deniel, el 25 de febrero de 1954 en la capilla del Palacio Real, ante los jerifaltes de la dictadura, los altos dignatarios eclesiásticos y los emba-jadores. Estos acontecimientos históricos no puede fingir la Iglesia catolico-rromana que los ignora. Fue cómplice de todos los crímenes cometidos por la dictadura fascista.

Ahora los clérigos se quejan de la falta de vocaciones sacerdotales, de que los monasterios de frailes y monjas están vacíos, y de que el pueblo no asiste al culto ordinario en los templos. No deben tomarse como expresión de religiosi-dad las procesiones callejeras, porque forman parte del folklore, y asi lo en-tienden los extranjeros que acuden a presenciarlas, como un espectáculo pe-culiar de la idiosincrasia española, igual que las corridas de toros. Es el resul-tado lógico de la alianza entre el régimen fascista y la Iglesia. No deben buscar explicaciones ajenas a su implicación en la dictadura. El nazionalcatolicismo debía conducir inevitablemente al desprecio de la religión. Relato mi propia experiencia, pero estoy seguro de poder afirmar que era el mismo caso de quienes sufrimos aquellos años trágicos.

Principio de cisma en la iglesia

Otra consecuencia de esa alianza criminal entre el nazionalcatolicismo y la dictadura es el enfrentamiento existente ahora mismo en la Conferencia Epis-copal, entre los defensores de continuar las normas del nazionalcatolicismo a ultranza y los partidarios de innovarlas, dentro de lo poco que puede renovarse una institución inmovilista desde hace veinte siglos. Los medios de comunica-ción de masas españoles se asombraron al saber que Paco, en el avión que le llevaba a Marruecos el pasado día 30 de marzo, anunció que viajará a España “cuando haya paz”. Los medios de derechas, es decir, todos, criticaron esas palabras, por suponer que se refería a una paz ciudadana. Un error, porque la cita se refiere al estado de guerra latente entre las dos facciones en las que se dividen los 85 componentes de la Conferencia Episcopal. Venir ahora le obli-garía a corta cabezas tonsuradas, cosa que no puede hacer. Espera que se pacifique la Conferencia Episcopal por la muerte de algunos de sus cabecillas más ultraconservadores.

De momento se limita a decapitar a su nuncio, Renzo Fratini, amigo del carde-nal Rouco Varela, capitán del sector inmovilista. Su participación en el acto de beatificación de las 16 monjas ha sido la última que se le permitirá en España antes de su inminente despedida. Ya tiene Paco elegido a su sustituto, que según se cree pertenece al sector innovador. Al tratarse de la secta catolico-rromana, el concepto de innovador queda rebajado al mínimo, por supuesto. Es el conocido programa de Lampedusa, de cambiar lo menos para que lo más siga igual.

En vez de declarar tantos beatos y santos españoles “mártires”, Paco debiera ocuparse de poner orden en su secta. El pasado día 14 de junio reunió a sus nuncios en el Vaticano, a sus propios embajadores que representan a ese presunto Estado consistente en dos edificios, para ordenarles que dejen de cotillear contra él en los países en los que se hallan destinados. Un dato muy sorprendente, ya que a los nuncios los designa y remueve el mismo Paco. Al parecer no sabe elegir a personas que le sean fieles. O tal vez no las encuen-tra. La escisión en la Conferencia Episcopal Española refleja la existente en toda la Iglesia catolicorromana, en donde el cardenal Gerhard Ludwig Müller encabeza una oposición tenaz a Paco, y por de pronto tiene a otros doce car-denales conformes con sus tesis. Solamente eran doce los apóstoles de Jesu-cristo, y dominaron la Iglesia. Está en marcha una escisión que parece impa-rable.

Sabido todo esto, un Gobierno digno de tal nombre debiera advertir al papa Paco que deje de condenar a la República, anule todas las santificaciones y beatificaciones de supuestos “mártires” que ha llevado a cabo, y pida perdón por la complicidad de la secta que preside con la dictadura. Una suposición imposible.

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