Azaña, un hombre que suscitaba odios

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Recuerdo y homenaje a los 82 años de su muerte

Si a un político favorecido con cargos relevantes no le faltan los aduladores y los perseguidores de recomendaciones, tampoco le escasean los injuriadores y los calumniadores. Debe de ser el precio de la fama. Desde luego, Azaña padeció ambas maneras de sumisión a esa esclavitud impuesta por el desempeño de puestos importantes en la Administración pública; ni una ni otra le hicieron apartarse mínimamente de lo que consideraba su deber de servicio a la República. Desestimaba con la misma indiferencia los halagos como las injurias, siempre que no atentasen contra lo que él representaba.

Distinguía entre su personalidad como ciudadano dedicado a varias tareas (familiares, sociales, intelectuales, etcétera), y el estadista que estaba al servicio de la República, primero como ministro, después como presidente del Gobierno, y finalmente como jefe del Estado, un período que abarca toda la historia de la República afincada en España, antes de su errancia por otras naciones en demanda de libertad.

Lo que se dijera o escribiese acerca de su persona le importaba muy poco; esos comentarios sarcásticos en torno a su fealdad o a la adustez de su carácter no le interesaban o incluso le divertían. En cambio, las calumnias relativas a su labor como estadista le resultaban intolerables, porque trascendían a su persona para afectar al prestigio y a la credibilidad republicana, y eso no podía tolerarlo.

Incluso durante el llamado bienio negro, cuando quedó apartado del poder político, se continuó atacándole, porque todos sabían que era inevitable su recuperación del mando sin tardar mucho. Ya constituía un símbolo de la República, de manera que el eclipse de setiembre de 1933 se suponía parcial y limitado, como así fue efectivamente. Las conspiraciones contra él arreciaron en ese período de apartamiento del mando, para tratar de impedir que lo retomase. A nadie se le escapaba que su destino se hallaba íntimamente ligado al devenir de la República. Si se conseguía mantenerlo en el ostracismo, el sistema entraría en recesión y resultaría sencillo devastarlo, habida cuenta de su limitada vigencia. El único impedimento se llamaba Manuel Azaña Díaz.

Durante una sesión accidentada del Congreso, el 17 de marzo de 1932, intentó exponer cuál era su comportamiento con relación a las calumnias propaladas por algunos diputados de la oposición: decían que se estaban produciendo casos de corrupción en el Parlamento, entregado a la defensa de intereses personales. Fue muy diáfana la respuesta de Azaña:

   A mí me ha parecido siempre bien no responder a las campañas insidiosas, calumniosas, que se han hecho contra las Cortes, […] y si todos hubieseis tenido mi temperamento, habríamos contestado a esa campaña con un desprecio invulnerable, porque contra la difamación, contra la injuria, contra la insidia no hay nada mejor que un imperforable desdén. Pero no todos tienen esta manera de proceder, y yo comprendo que algunos se pongan nerviosos; […]

(Todas las citas se hacen por sus Obras completas en siete volúmenes, Madrid Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007, señalando  el volumen en números romanos y las páginas en arábigos. En este caso, III, 299.)

Hay diferentes maneras de entender el compromiso político, y por eso también varias formas de aplicarlo. Para Azaña resultaba preferible no responder a las calumnias, aunque otros correligionarios opinaban lo contrario. Verdaderamente es difícil guardar silencio en el caso de propalarse una calumnia, porque lo dicho o lo escrito se repite, y puede acabar por convertirse en una declaración histórica indiscutible.

Por otro lado, responder a campañas injuriosas hace el juego a quienes las inician: cuanto más se aireen, más audiencia obtienen, y personas que de otra manera nunca las hubieran conocido, así se enteran de ellas. El beneficio es para el calumniador visto desde el aspecto mediático. Hay dos modos de actuar, y Azaña prefería mantener el silencio, que es tanto como decir el desdén hacia sus adversarios.

Se necesita un temple muy firme para tomar esa decisión. Es muy difícil soportar los insultos o acusaciones falsas como si no se escucharan las voces enemigas. Tal era el de Azaña, por su declarada frialdad, lo que acentuaba el despecho de sus contrincantes.

Un político detestado

Sabía muy bien cuál era la recompensa que podía obtener de su entrega total a la actividad política, sacrificando su vida familiar y su vocación literaria. Se lo expuso a sus correligionarios el 3 de abril de 1934, cuando le eligieron presidente del nuevo partido Izquierda Republicana, en el que se integró el antiguo Acción Republicana:

Supongo que vosotros, cuando me habéis discernido la presidencia del partido, no lo habéis hecho pensando que elegís a un hombre anodino, a un hombre insustancial, a uno de estos hombres de quienes se dice que no suscitan recelos. Yo hago mucho más que suscitar recelos, por fortuna. Suscito odios enconadísimos, rencores potentísimos que van a recaer sobre vosotros por el hecho mismo de haberme puesto a mí a la cabeza del partido, que van a recaer sobre vosotros colectivamente, y además, en muchos casos, personalmente. (Grandes aplausos.) Pero esto creo que ni a vosotros os sobrecoge, ni a mí tampoco, y juntos vamos a sellar aquí hoy la resolución inquebrantable de marchar, dentro de las normas del partido, a la reconquista, no sólo de la autenticidad política de la República, sino de su prestigio moral. Hemos de dar esta batalla. (V, 91 s.)

Hay dos afirmaciones en este fragmento que nos inducen a meditar sobre ellas: la primera es el reconocimiento de que su persona suscitaba odios enconadísimos, y la segunda es que a pesar de ello, no estaba sobrecogido su ánimo, sino que por el contrario se aprestaba a dar la batalla a sus adversarios políticos.

Es preciso poseer una gran fortaleza moral para no decaer ante la agresividad continuada de unas personas dispuestas a destruir la República, y que para ello empezaban por calumniar y desprestigiar a quien encarnaba los ideales republicanos. Vivir en esa situación tiene que producir angustia en cualquier espíritu; sin embargo, Azaña se fortalecía ante sus contrincantes, al sentir la convicción de estar sirviendo adecuadamente a la República, su única atención.

Esas palabras fueron pronunciadas durante el Gobierno de Lerroux, mientras la derecha extremista se dedicaba a conspirar contra la República, y las organizaciones sindicales organizaban huelgas sucesivas. En ese momento Azaña no era más que el líder de un pequeño grupo político, que acababa de fusionarse con otros dos igualmente pequeños. No se le podía considerar un adversario temible, atendiendo a las fuerzas que controlaba, ni parecía que existiesen motivos para sentir odio hacia él.

Sin embargo, sabía bien lo que decía, cuando manifestó que no levantaba recelos, sino odios enconadísimos. Por lo que había sido y por lo que podía seguir siendo, puesto que ya estaba convertido en la personificación de la República para una mayoría de españoles, de una mano y de otra. Claro está que si a un lado provocaba odios, al otro suscitaba admiraciones, con lo que se equilibraba el balance de la opinión pública.

Del mismo modo, los vencedores de la guerra mal llamada civil no cesaron de vituperar su memoria después de su muerte: los exgenerales rebeldes contra la República intentaron por todos los medios a su alcance, que fueron plenos, denigrar su figura, para procurar que la ideología republicana quedara desterrada del nuevo Estado fascista. No lo consiguieron, porque incluso quienes no vivimos la etapa republicana sabíamos cuál fue el papel de Azaña durante esa etapa única de nuestra historia, por mucho que quisieran ocultarla.

Hay una constante en todos los enemigos de la República: el odio a Manuel Azaña. Ningún otro político republicano promueve semejantes sentimientos negativos en esa proporción. Ninguno ha dado lugar a campañas difamatorias en la escala a que él ha sido sometido. Sobre nadie se han acumulado tantas injurias e insultos como los que cayeron sobre él. A nadie pretendieron destruirlo hasta el exterminio como a él.

Contamos con el testimonio confirmatorio de Julián Zugazagoitia, director de El Socialista, ministro de la Gobernación con Negrín, novelista social, y poco adicto a Azaña. En un libro publicado en Buenos Aires en 1940, el mismo año en que su autor fue fusilado en Madrid por los militares rebeldes vencedores, se leen estas consideraciones, valiosas por hacerlas un protagonista de la vida política republicana, que debido a su trabajo como periodista conocía bien sus entresijos:

   Azaña es caso aparte. Allá donde levanta una irritación, despierta un odio, sobre el que no se sabe quién sopla, pero del que se sabe que no cancela. Un odio que, ignorando cómo emplearse, busca en los detritus de los arrabales inmundos la palabra obscena y mortificante. Como defensa contra esas agresiones, Azaña ha ido ampliando su capacidad de desprecio y abroquelándose en un orgullo que casi no parece humano. La lista de los que le han agredido, de frente unos, por la espalda los más, es muy larga. Para unos, hizo una república agria, para otros, sectaria; en concepto de este grupo, bobalicona; en el de más allá, rencorosa…

(Tomado de Guerra y vicisitudes de los españoles, París, Librería Española, 1968, vol. I, p. 150.)

Lo de menos era su carácter frío y su desprecio de las artimañas amistosas o partidistas. Lo que daba lugar al odio de sus adversarios era que se hubiese llegado a identificar con la República en la opinión de la gente. Para acabar con ella era preciso terminar antes con él, y procuraron procuraron                acumular los medios oportunos dirigidos a ese propósito; ninguno honrado, porque sabían que en su trayectoria política no iban a encontrar tachas que hacerle. Cuanto mayor fuese la calumnia, más se difundía, debido precisamente a su enormidad.

Antes de la república

A esta situación se había llegado a causa de su integración plena en la política republicana. Antes de su paso a las ocupaciones administrativas de la República Azaña carecía de enemigos, y no provocaba odios a nadie. Desde luego, cuanto hiciera o dijese no alcanzaba entonces repercusión pública, porque los periodistas no lo perseguían por las calles en busca de declaraciones, a las que de todos modos no hubiera respondido.

Hasta agosto de 1930 era un escritor respetado por la minoría intelectual, y sus crónicas periodísticas interesaban a muchos lectores. Había dirigido dos revistas y una editorial, con gran amplitud ideológica a la hora de elegir los colaboradores. Desempeñó cargos directivos en el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid, que le permitieron introducir mejoras en la llamada docta casa, siempre con el aplauso general de los consocios. Y era un funcionario respetable y respetado, aunque seguramente los opositores suspendidos no le mostraban su afecto, como es comprensible. Después comenzaron los mítines y los aplausos de la multitud.

Podemos recordar el testimonio de otro escritor, contertulio de Azaña en el Ateneo cuando estudiaba en Madrid, entre 1916 y 1918. Es Josep Maria de Sagarra, uno de los escritores catalanes más prestigiosos de su tiempo, quien publicó unas Memòries en 1954. En ellas incluyó un retrato del Azaña ateneísta, sin implicaciones políticas destacadas entonces, aunque sabemos que desde 1913 militaba en el Partido Reformista y quería poner fin desde él a la corrupción monárquica, hasta que comprendió que eso podía lograrlo solamente una acción republicana:

   Precisamente la falta de pretensión y el interés que se tomaba por todas las cosas del Ateneo hacían de Manuel Azaña ese hombre simpático y sencillo que no tenía enemigos, porque en realidad no se proponía hacer la competencia a nadie. En aquel año de 1916 Azaña representaba en el Ateneo, además de secretario de la junta directiva, un pequeño prestigio estimable y amable, pero que no trascendía en absoluto más allá de la casa, y dentro de la casa actuaba únicamente en su grupo. […]

   Le gustaba el comentario picante y la burla, […] Azaña era un hombre gris y serio que sonreía a través de su abundante bigote, de un color de café aguado, y que cuando creyó llegada su hora se lo afeitó a toda prisa.

(Tomado de Memorias, traducción de Fernando Gutiérrez, Barcelona, Anagrama, 1998, pp. 775 s.)

Está claro que los odios derivaron de su encumbramiento republicano. Antes no inquietaba a nadie, por más que militase en un partido político en momentos de gran agitación social. Alega Sagarra que no demostraba sentir pretensiones de ninguna clase, y además se comportaba como un gestor muy eficiente, sin competir con nadie, por lo que carecía de enemigos, dos características innatas de su personalidad.

Según esta declaración, era “simpático y sencillo”, aficionado al “comentario picante y la burla”, que no debían de ser hirientes para nadie, por lo que “no tenía enemigos”. Este retrato anímico fijado alrededor de 1917 difiere del que se fue divulgando después de la proclamación de la República, cuando se convirtió en la encarnación del nuevo régimen político: sus detractores tenían que serlo también de él.

No hay, pues, constancia de que suscitara esos odios enconadísimos antes de convertirse en una figura de la República, la más sobresaliente desde sus primeras semanas, precisamente por ello.

El centro de la diana en la república

Fue durante la etapa republicana cuando se convirtió en el centro de todas las dianas, aunque también de todas las admiraciones, según el lado político que se observase. La manifestación del odio se transmitía de las más diversas maneras. Por ejemplo, cuando estuvo preso en el puerto de Barcelona, a bordo de unos buques de la Armada, durante el último trimestre de 1934, acusado injustamente de preparar una sublevación independentista en Catalunya. Como era inevitable, fue absuelto, pero mientras permaneció en un buque prisión cada treinta minutos gritaban su nombre, y él debía levantarse y responder “¡Presente!”. Se trataba de una tortura innecesaria, puesto que le era imposible desembarcar sin autorización y sin que se le viera hacerlo, pero el Gobierno anticonstitucional presidido por el inmoral Lerroux buscaba precisamente la manera de socavar el temple de Azaña: no le bastaba con tenerlo preso ilegalmente, puesto que era diputado, sino que le infligía otra tortura añadida.

Durante ese mismo período de detención ilegal le atemorizaba pensar en las represalias que pudieran tomar sus enemigos políticos contra sus correligionarios y familiares. Queda expuesto en cartas personales, enviadas desde el barco prisión. Por ejemplo, en una remitida el 3 de noviembre de 1934 a su fidelísimo amigo el comandante Juan Hernández Saravia, su secretario en el Ministerio de la Guerra, al que esperaban ascensos y honores durante la guerra, y el privilegio de acompañar a su jefe hasta la sepultura. Le comentaba su inquietud por los peligros que pudieran sufrir sus partidarios por el mero hecho de serlo, una venganza vicaria muy cierta:

   Lo malo es que habiendo puesto usted sus cualidades al servicio de lo que yo quería realizar, los enconos que se ceban en mí recaigan también sobre los que no han hecho sino adquirir méritos por devoción a la República. Que usted y algunos más sean sacrificados como azañistas me mortifica como ninguna otra cosa, porque es doble injusticia. (V, 681.)

Se había opuesto siempre a reconocer la existencia de azañistas, y en aquellas circunstancias anómalas debía admitir que sí había azañistas, pero ser calificados con ese apelativo podía llegar a convertirse en un riesgo mortal para ellos, como si fueran cómplices de un enemigo del pueblo.  En términos semejantes escribía el 2 de diciembre a su cuñado Cipriano de Rivas Cherif, desde el barco prisión en que permanecía aislado de la realidad:

No he podido evadirme del miedo que me daba pensar que también os zarandearan y maltrataran a vosotros, por causa mía, y hubiera querido poneros donde no os llegase nadie. Quizá he hecho mal, pero eso pensaba.  (V, 672.)

Tenía razón en sospecharlo, porque efectivamente se dieron represalias. En esos mismos días, el nombre de Rivas Cherif fue borrado en los carteles del Teatro Principal, de Valencia, en donde se representaba una obra dirigida por él, según él mismo recordó en la biografía de su cuñado, Retrato de un desconocido. Vida de Manuel Azaña (Barcelona, Grijalbo, 1981, p. 302). Y  ese parentesco se convirtió en un estigma utilizado en su contra por elementos de extrema derecha: todos los defectos achacados a Azaña por sus contrincantes repercutieron sobre él, pese a ser hombre de teatro sin actividades políticas. Al fin iba a costarle una condena a muerte. Los fascistas no solamente habían colocado a Azaña en el centro de la diana para matarlo, sino también a su familia por el único supuesto delito de serlo.

Un desagravio  intelectual

Regresemos a su detención anticonstitucional en 1934. En noviembre un grupo nutrido de personalidades representativas de la vida intelectual española en todas sus facetas, firmó un manifiesto, titulado “A la opinión pública”, en protesta por la detención de Azaña. La censura prohibió que se incluyera en ningún periódico, por lo que permaneció inédito hasta que Azaña lo puso al frente de su libro Mi rebelión en Barcelona, aparecido el 1 de setiembre de 1935, publicado por la editorial madrileña Espasa–Calpe. Un anuncio incluido en el diario madrileño El Sol el día 18 comunicaba que la primera edición se agotó en tres días, por lo que estaba a la venta la segunda, y otro anuncio insertado el día 25 avisaba que ya se había puesto a la venta la tercera. Esto demuestra el interés, o mejor la ansiedad del público por conocer la opinión de Azaña, acerca de lo que prometía el título del libro. Parece que las denuncias del Gobierno anticonstitucional eran consideradas infundios contra un hombre íntegro, por numerosos ciudadanos atentos a la evolución política de país.

Lo que ahora nos importa resaltar es el juicio de los firmantes, entre los que se encontraban poetas como Juan Ramón Jiménez, escritores como Ramón del Valle–Inclán, escultores como Juan Cristóbal, compositores como Óscar Esplá, dibujantes como Luis Bagaría, pintores como Timoteo Pérez Rubio, catedráticos como Américo Castro, médicos como Gonzalo R. Lafora, periodistas como “Fabián Vidal”, etcétera. Hubo un reclamante, Ramón Menéndez Pidal, que protestó en una carta abierta porque figurase su nombre, ya que no había firmado; conocida su actitud fascista durante la guerra y la posguerra, se comprende que no lo hiciera, y fue lo mejor para no contaminar a los demás. Estos restantes decían en el manifiesto, entre otras afirmaciones demasiado extensas para copiarlas aquí:

Lo que contra el señor Azaña se hace quizá no tenga precedente en nuestra historia, […] No se aspira a vencerle, sino a aniquilarle. Para vejarle se han agotado todos los dicterios. Se le presenta como un enemigo de su patria, como el causante de todas sus desdichas, como un ser monstruoso e indigno de vivir.

   Y todos sabemos –incluso sus más apasionados detractores— que eso no es cierto; que el ideario y la conducta del señor Azaña son absolutamente opuestos a los sucesos luctuosos que recientemente han afligido al país; […]

Nuestra protesta va encaminada simplemente contra los modos de ataque, llegados a tan ciego encono que no parecen propios para lograr una obra de severidad (incomprensible para nosotros), sino para cohibir la acción serena de los órganos del Estado, para provocar una revuelta obcecada o para armar el brazo de un asesino. (V, 197.)

Todo es cierto. Se le quería aniquilar como político, ya que resultaba imposible derrotarlo en el Congreso, por lo que se acumulaban contra él todas las calumnias e injurias que lograban inventar sus adversarios políticos, convertidos en enemigos implacables. Es una táctica bélica tan criminal como el asesinato físico, al que aluden los firmantes. Sólo unas personas carentes de moral son capaces de llegar a tales extremos de bajeza en el terreno de la política.

Seguían la táctica nazi de exterminar al contrario, anticipo de lo que durante la guerra mundial consistiría en arrasar ciudades: el bombardeo total de la británica Coventry por la Luftwaffe dio lugar al trágico neologismo coventrizar. Pues los partidos de derechas y los decididamente fascistas pusieron en juego su maquinaria propagandística para coventrizar a Azaña, borrar todo vestigio de su existencia. No obstante, el desprestigio que intentaron hacer caer sobre él se volvió en contra de sus opositores. Los españoles habían tenido tiempo de aprender a conocer a Azaña, durante los dos años escasos en que presidió el Gobierno, y durante el año en que dirigió la oposición parlamentaria antes de su detención, por lo que unas acusaciones indemostradas no podían ser creíbles.

Reventadores de sus mítines

En los mítines solían actuar reventadores, con intención de impedir su normal desarrollo, y amedrentar a los asistentes para que sirviera de advertencia en cualquier lugar de España, y nadie volviese a escucharle un discurso. Especial virulencia se organizó en la plaza de toros de A Coruña el 27 de mayo de 1934, con un herido por arma blanca y otro por disparo de pistola, y muchos detenidos tras la intervención de los guardias de Asalto. No hace falta recordar que en ese tiempo la República padecía un Gobierno derechista anticonstitucional, con el fascista Rafael Salazar Alonso al frente del Ministerio de la Gobernación.

El 20 de octubre de 1935 tuvo lugar en el madrileño Campo de Comillas el mitin más multitudinario celebrado hasta entonces en España. Se calcula que acudió medio millón de personas a escuchar el discurso de Azaña. Un observador imparcial, el diplomático yanqui Claude G. Bowers, recordó en sus memorias españolas el temor a los disturbios que pudieran ensangrentar el acto, provocados por reventadores de las asociaciones derechistas, con la intención de culpar al orador y tal vez volver a encarcelarlo acusado de provocar desórdenes públicos. Según relata, y es imposible dudar de la información obtenida por el diplomático observador imparcial de la actualidad española, algunos incidentes fueron estimulados por el propio Ejército que preparaba ya la sublevación:

    Llegaban trenes especiales y camiones llenos de personas; muchos venían en mulas, y algunos a pie, e irrumpieron en la ciudad con banderas; y a medida que esta entusiástica muchedumbre marchaba por las calles, se temió que los forasteros no pudieran ser controlados y atacaran a las personas y a la propiedad. Agentes provocadores, nazis y fascistas, entonces en España, estimularon dicha alarma. […]  

   Algunos observadores opinaban que por parte de oficiales del Gobierno se hacían intentos para provocar disturbios –la técnica fascista–, pues tropas de caballería atropellaron a la multitud cuando cruzaba el puente [de Toledo].

(Tomado de Misión en España. En el umbral de la II Guerra Mundial, trad. de Juan López, México, D. F., Grijalbo, 1955, pp. 163 s.)   

Un testimonio clarificador sobre la intervención del Gobierno derechista para torpedear la organización de un acto con Azaña como protagonista. Lo presidía entonces el exministro monárquico Joaquín Chapaprieta, en coalición con la ultraderechista CEDA. Esa circunstancia debió de ser un acicate para que de las localidades cercanas se trasladasen a Madrid republicanos ansiosos de ver y escuchar a Azaña, aunque su discurso fue radiado y se iba a publicar al día siguiente en los periódicos. Ese entusiasmo popular compensaba las zancadillas oficiales, y fue el que hizo fracasar en Madrid la rebelión de los militares monárquicos en 1936.

La campaña antiazañista no tenía límites. Se le atacaba por todos los flancos posibles. El fascismo se propuso exterminar su nombre, con la colaboración de militares y obispos. Inició el ataque durante la República, lo siguió a lo largo de la guerra, y lo consumó con su omnímodo poder en los 36 años de dictadura posterior. Nunca un estadista español ha sido perseguido con tanta saña a causa de su tarea gubernativa, porque ningún estadista español consiguió un aprecio ciudadano como el logrado por Azaña.

Su nombre y su figura suscitaban odios en los elementos derechistas, porque reconocían en él la encarnación de los ideales republicanos. Por eso mismo su papel en la historia de España ocupa un lugar distinguido, y su ejemplo está presente para quienes desean contribuir a su regeneración, por estar libre de las críticas que suelen acompañar a los políticos en el desempeño de su función: nunca nadie fue tan calumniado como él, pero nunca se le pudo probar la comisión de ningún delito, por más que lo intentaron.

Arturo del Villar, presidente del  colectivo republicano tercer milenio.

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