Azaña o el deber cumplido

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Leer el diario íntimo de Manuel Azaña nos ilustra acerca de los acontecimientos sociales y políticos de una etapa trascendental en la historia de España. La corrupción de Alfonso XIII le incitó a dar un golpe de Estado palatino y encargar la gobernación del reino a un dictador militar servilón, lo que inevitablemente debía irritar tanto al sufrido pueblo español que le animó a votar mayoritariamente por la República el histórico 12 de abril de 1931. Pero ofrece también un enorme valor humano, porque nos descubre cómo el político más idóneo que tuvo España en el siglo XX, meditaba sobre el papel de su diario en los momentos en los que se le presentaba la urgencia de tomar una decisión comprometedora con su futuro político.

Consignaba los acontecimientos destacados de la jornada, y también sus reflexiones. De ahí su doble valor, como documento histórico y como confidencia íntima que se hizo a sí mismo el personaje político español más destacado de su tiempo. Al leerlo ahora, comprobamos cuántas veces confesó sentirse preso de la situación, sin escapatoria posible, pese a buscarla angustiosamente. Al no ser un arribista político, sino un servidor de la República, se veía encadenado a las circunstancias, y sin divisar un futuro libre para él.

Así, el 15 de diciembre de 1931, mientras se ocupaba de formar el primer Gobierno constitucional, salvando el abandono de los radicales, y con la negativa a colaborar de otros grupos, estudió su situación política y anímica. Se encontraba en un momento único, merecedor de un examen cuidadoso, por su trascendencia. Con honradez anotó en el diario las reflexiones emanadas de la posición especialísima en que le habían colocado:

Vengo a casa, y después de comer recibo a [Martín Luis] Guzmán y a [Enrique] Ramos. Estoy muy fatigado y bastante disgustado, y un mucho asqueado. De todo esto resulta un placer la inacción. Por mi gusto, lo dejaría aquí todo plantado. Pero no es posible. Las circunstancias me tienen preso. Guzmán y Ramos me cuentan las cosas que se dicen por ahí, que son innumerables y absurdas. Los pasillos del Congreso están convertidos en un mentidero de porteras. Todos los intereses y todas las pasioncillas desatadas. ¡Un asquito! En fin, hay que sobreponerse, y llegar a un resultado.

Todas las citas de Azaña se hacen por sus Obras completas, editadas en Madrid por cuenta del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, en 2007 y en siete volúmenes, mencionando el volumen en números romanos y la página en arábigos. En este caso, III, 867.

Confesiones semejantes se suceden a través de los años, y veremos algunas más adelante. El sentimiento de hartazgo se debía a la actitud de antagonismo declarada por quienes tenían la obligación de colaborar en el sostenimiento de la República. La realidad demostraba que todos se evadían, y centraban la responsabilidad en Azaña, el único cumplidor de sus compromisos patrióticos.

Por serlo, a pesar del asco que le inspiraba la falta de solidaridad e incluso la cobardía de sus compañeros, toleraba permanecer preso en su puesto, cumpliendo con su deber republicano. Desearía evitarlo, pero sabía que era imposible y se resignaba. En aquellos momentos resultaba imprescindible tomar decisiones rápidas y en ocasiones arriesgadas, porque el apuntalamiento del nuevo régimen político requería audacia y firmeza. Había que  improvisar sobre la marcha de los acontecimientos, para llegar a tiempo de atenderlos convenientemente.

La libertad pérdida

Tres meses después, el 23 de marzo de 1932, consignó en su diario otra vez idénticos sentimientos de hastío y de falta de libertad para elegir. Aquellos momentos eran tan comprometidos como todos los vividos por la República: circulaban rumores de sublevaciones militares por un lado y de campesinos anarquistas por otro, se obstruía la acción del Gobierno en el Congreso, los catalanes reclamaban la discusión de su Estatuto por delante de cualquier otra consideración, se sucedían las huelgas sectoriales, la Iglesia catolicorromana conspiraba impunemente contra el nuevo Estado, los terratenientes y empresarios rechazaban a los trabajadores, los monárquicos preparaban la vuelta del ex–rey, los fascistas se armaban para la guerrilla urbana, y a nadie parecía afectarle el porvenir de la República. Es comprensible su desaliento cuando apuntó en su diario:

He llegado al ministerio [de la Guerra] muy fatigado. Lo que me aterra no es mi situación actual, sino el porvenir. ¿Tendré que pasar el resto de mi vida encenagado en esta política, preso de las circunstancias, y sin recobrar ya nunca mi antigua libertad? (III, 949.)

Encontramos la misma opinión ya leída en la cita anterior: se hallaba preso de las circunstancias, por imperativo del deber. La pregunta que se planteó quedaba por el momento sin respuesta, pero bien sabía que su obligación como republicano consistía en mantenerse en el desempeño de los cargos de jefe del Gobierno y de ministro de la Guerra, porque así lo reclamaba la continuidad de la República.

Unas líneas antes confesó, refiriéndose al día anterior: “A esa hora estaba tan cansado que me entraban ganas de morirme.” No tenía escapatoria, en efecto, como no fuera la de fallecer, la única fórmula posible, aunque nada atractiva, para evitar que nadie le culpara de deserción. Sin embargo, era una salida poco recomendable, porque con su muerte dejaría huérfana y desamparada a la República, y si era cierto lo que comentaban los mejores republicanos, respecto a que él era la personificación de la República Española, cabía sospechar que con su desaparición física también se hundiría ella. La historia confirmó esa hipótesis más tarde.

Se describe en esa nota aterrado ante la perspectiva de un futuro sin libertad. Sabemos que adivinó perfectamente lo que iba a suceder. La verdad es que no resultaba difícil, puesto que conocía a sus colegas parlamentarios, acertar en sus vaticinios, basados en la realidad de aquel momento.

En situación dramática

No habían transcurrido cinco meses cuando nuevamente repitió esas palabras por los mismos motivos, entonces acrecentados ante la ejecución de una de las varias amenazas concitadas contra la República: acababa de producirse un intento, por suerte mal organizado, de rebelión militar contra el nuevo régimen político, debido al general Sanjurjo, que deshonró su palabra y su uniforme. Los rumores de conspiraciones golpistas por parte de los militares monárquicos se sucedían desde el mismo momento de la fuga del ex–rey, y por fin se concretaron en una sublevación a semejanza de los golpes militares habituales en España a lo largo del siglo XIX.

Las confesiones de Azaña producen lástima en el lector, al comprobar la angustia de un hombre víctima de un destino inevitable, que se sacrifica por el bien público, y al hacerlo recibe injurias de algunos enemigos de la libertad y la democracia, sin compensarlas el apoyo de sus correligionarios. Esto es lo que anotó el 20 de agosto de 1932, exposición de un drama íntimo e irrevocable:

Mi situación es dramática. Cada suceso de estos me clava más al Poder, donde no quiero estar, y a medida que me destacan sobre los demás, se agrava la carga que pesa sobre mí. Me aterra pensar que no tengo ahora sustituto posible que satisfaga a los republicanos y sea capaz de llevar el Gobierno. ¿Adónde va a conducirme todo esto? (III, 1066 s.)

Se encontró en la obligación patriótica de aceptar el poder político, para desarrollar una legislación que afianzase a la República. Después se vio forzado a seguir en el ejercicio del poder, porque los acontecimientos así lo impusieron. Comprendía su misión histórica, y sabía que no podía abdicar de ella. Lo exigía su fidelidad a los principios republicanos, convertidos en norma directriz de todos sus pensamientos. Con tal de preservarlos estaba decidido a sacrificar sus ilusiones de escritor y su vida privada incluso, si de ese modo se aseguraba la continuidad del régimen político que el pueblo español se había dado libremente. La consecuencia inevitable era que al consentirlo se encontraba forzado a limitar su propia libertad, siempre en el ámbito de la conciencia estricta a la que se mantuvo fiel en todo momento, lo mismo en su vida pública que en la privada.

Asumía el hecho de cargar con una responsabilidad que le pesaba de una manera dolorosa, porque constituía su deber. Todo lo soportaba por amor a la República, pero su resignación no impedía el desaliento inmenso de no encontrar una salida para su situación personal: había llegado a ser insustituible, por su entrega al trabajo, tal como reconocían sus compañeros de Gabinete, para quienes el dato cierto resultaba muy cómodo.

Tenía razón al sospechar que no existía el recambio posible: así lo confirmaban cada día los acontecimientos, apresándole un poco más dentro del despacho presidencial, un lugar de ensueño visto desde fuera por los españoles de la calle, pero que le impedía disfrutar de la libertad. Su nombre había llegado a ser sinónimo de República, y su destino quedaba anclado en ella. Lo era entonces, continuó siéndolo durante la interminable dictadura militar fascista, y lo sigue siendo ahora mismo.

Clavado al poder

En esa confidencia hecha al diario íntimo, encontramos una sublime humildad: afirmó estar clavado al poder, una posición nada envidiable y trágica. Al asumir ese tremendo suplicio cotidiano tributaba por la salvación del nuevo sistema político, amenazado por tantos enemigos, descarados unos y encubiertos otros, con la misma finalidad.

Comprendemos que confesara hallarse aterrado, sometido a su propia estimación de la responsabilidad política. No sólo tenía que ocuparse de los problemas abundantes causados por los contrarios y los partidarios impacientes, sino que carecía de un sucesor previsible, al que ir preparando para el desempeño del cargo. Le fue forzoso trabajar imaginando que su condena era perpetua, hasta que le abandonasen las fuerzas.

Los colegas de Azaña sabían las dificultades de gobernar en aquellos momentos; por eso ninguno ambicionaba entonces el poder en la presidencia del Consejo de Ministros. Muchos adivinarían el desánimo de Azaña, aunque no por ello contribuían a mejorarlo, colaborando con él en sus tareas de forma práctica. Hay que tener en cuenta que la delicadeza de Azaña le impidió cargar al Gobierno con muchos ministros de Acción Republicana, que hubieran sido sus valedores. Los socios socialistas eran eso: socialistas antes que republicanos, y además se hallaban enfrentados en tres bloques opuestos. El panorama no era nada halagüeño, y la situación de Azaña nada envidiable. Pese a todo ello, su alto sentido del deber le imponía dejar a un lado las inconveniencias del cargo, para desempeñarlo de la manera más idónea aplicada a la continuidad del nuevo régimen querido por la mayoría del pueblo español.

La libertad interior

El mismo análisis incisivo que dedicaba a todas las cuestiones, lo aplicaba sobre su situación anímica, por sentirse encerrado en el cepo de su deber sin vislumbres de escapar algún día. Al garantizar las libertades públicas con su dedicación al Gobierno republicano, tenía que esclavizar la suya, y esa renuncia conmovía su deseo humano de ser él mismo, antes que una figura política, a la que además censuraban ferozmente sus adversarios. El desaliento se volvía inevitable en tales circunstancias, y parece seguro que otro político que no fuera él, carente de su temple y de seguridad personal, en ese mismo caso habría renunciado a la carga excesiva con que le habían aparentemente honrado en contra de su deseo.

La lógica le animaba a renunciar a los cargos, para recuperar su verdadero ser, pero al mismo tiempo le advertía el peligro que conllevaría para la República el dar ese paso. Se había convertido en un siervo libre de amor, por utilizar el título de Juan Rodríguez del Padrón, un esclavo enamorado de la señora ideal que inspiraba sus pensamientos y deseos apasionadamente, en su caso la amable matrona de holgados peplos y gorro frigio, representación plástica tradicional de la República. El 25 de diciembre de 1932 lo expuso así en su diario:

Lo que más temo es perder mi libertad interior. Aferrarme en cosas que no me importan. El ejercicio de la inteligencia crítica me ha salvado siempre de mezquindades y ruindades; ni las he cometido yo, ni me he dejado prender en las ajenas. El tráfago cotidiano no me deja ahora la misma holgura de antes. Y yo mismo me sorprendo a veces contristado o irritado por cosas que en otro tiempo ni siquiera hubiesen merecido mi atención. Es el papel, el oficio, que se me impone. Salirme de él, y reflexionar sobre mi situación me es dado pocas veces; si alguna se me logra, me veo independiente de todo, fácil a la renuncia; pero es también en esos momentos cuando sopeso la gravedad de mi destino. (IV, 556.)

Son meditaciones de final de un año especialmente conflictivo, en el que su balance como gobernante era espléndido, pero como persona privada quedaba reducido a cero. Todavía conservaba su libertad interior, aunque se lamentaba de estar próximo a perderla también, si continuaba en la misma dirección seguida hasta entonces. La perspectiva le alarmaba atrozmente. Su intimidad se había alterado tanto, que le sorprendía el inquietarse por cosas que ignoró cuando se dedicaba a la literatura y el periodismo.

La gravedad de su destino

En ese fragmento resalta una palabra de connotaciones trágicas: destino. Decía sopesar la gravedad de su destino, por el que se hallaba hundido en esa situación. Con ello, admitía la obligación de sujetarse inexorablemente a unas imposiciones ajenas a su voluntad, sobre las que resultaba imposible intentar nada en contra. Para quienes creen que el destino de cada ser humano está definido antes de su nacimiento, sea por decisión de los diversos dioses, sea por influencia de los astros, no hay medio humano de sustraerse a su poder absoluto.

Las personas que opinan así consideran una entelequia la libertad personal: su modo de obrar queda condicionado por esa supuesta fuerza sobrehumana situada en los cielos. Seguramente Azaña no creía que su destino dependiera de un dios, ya que en sus años juveniles se hizo agnóstico, en buena parte debido a la educación recibida en el internado agustino; ni tampoco de los astros, porque su cultura le impedía consultar los horóscopos y demás fórmulas adivinatorias del porvenir. Es de suponer que al referirse a su destino humano, lo hiciese pensando en su sentido del deber, tan inexorable como la decisión de un dios o la influencia de cualquier planeta, dado su estricto código de conducta.

Su destino consistía en cumplir el papel de gobernante, para el que fue elegido por no haber otro capaz de desempeñarlo acertadamente. Y al no encontrarse a ese otro, y no ser mejorables las perspectivas inmediatas, su destino le clavaba al deber de continuar en su puesto, mientras no apareciese el recambio preciso. Así ocurrió efectivamente, salvo ese paréntesis denominado bienio negro, en el que gobernó, o por mejor decir desgobernó la derecha anticonstitucional, cosa que él deseó evitar, precisamente con el sacrificio de su libertad.

Las confesiones íntimas de Azaña devalúan las especulaciones filosóficas de Jean–Paul Sartre, para quien el ser humano está condenado a ser libre, y debe decidir en cada momento lo que ha de hacer. En el caso de Azaña eso no era posible, porque se lo impedía el deber cívico.

Una obligación  regalada

No sólo se refirió a su obediencia ante el deber en el secreto de su diario. También lo expuso en público, y ante los testigos de su sometimiento forzoso al imperativo de sujetarse a la responsabilidad política. Uno de ellos era Miguel Maura, compañero de juergas de Alfonso XIII, con el que se disgustó porque se negó a atender su petición de prestarle dinero para ayudar a su suegro en quiebra, y a recomendar a los jueces que fueran benévolos con él. Por eso se hizo republicano, pero de la Derecha Liberal Republicana, que era mucho más derechista que republicana. Compartieron la responsabilidad de integrar el primer Gobierno provisional. Solamente el primero, porque el fanatismo ultraortodoxo de Maura le obligó a dimitir, al aprobarse en las Cortes Constituyentes el artículo 26 sobre política religiosa, juntamente con su compañero en creencias y en pasado monárquico, Niceto Alcalá–Zamora, que lo presidía. Era un arribista sin convicciones republicanas, que en sus memorias menosprecia con rencor a Azaña.

El 3 de febrero de 1933 hubo una agitada sesión en el Congreso, porque Lerroux reclamó la dimisión del Gobierno presidido por Azaña. Lo desabrido de su tono propició otras intervenciones igualmente negativas, hasta obligar al jefe del Gobierno a dar una lección de constitucionalidad. En su réplica a Maura, que aprovechó la ocasión para acusarle de pretender prolongar a toda costa el Gabinete, afirmó:

[…] estoy aquí cumpliendo con lo que me ha impuesto una obligación que no he buscado, sino que ha caído sobre mí, y lo único que está en mi mano es hacerme digno de esa obligación cumpliéndola hasta el fin. No soy hombre mezquino ni ambicioso, ni un loco ni un soñador; no tengo tirados planes sobre el porvenir; pero ha venido sobre mí una carga que si yo la hubiera podido soñar, señor Maura, es posible que la hubiera evitado con muchísima antelación; pero ha venido sobre mí y no soy un hombre cobarde y creo que estoy cumpliendo una misión que algún día, aunque modestamente, se podrá recordar por lo menos sin enojo.

Y cuando yo he formado este Gobierno, que no quise formar, sino que me obligaron a formar, y cuando presidí el anterior, que no quería presidir, y su señoría bien lo sabe; […] (IV, 182.)

Apeló Azaña al testimonio de su interlocutor ante el Congreso, para que aseverarse unas afirmaciones tan graves como estaba diciendo: nada menos que su deseo de no presidir ningún Gobierno, a pesar de estarlo haciendo en ese instante por fuerza del deber.

El fragmento elegido refuerza la opinión de Azaña sobre su actuación política, al estar manifestada ante los parlamentarios y los ministros. Es imposible dudar de la veracidad de sus palabras, ya que entre sus oyentes había muchos decididos a torpedear su gestión: de ser posible cogerlo en una trampa, es indudable que no desaprovecharían la oportunidad.

Azaña resaltó que estaba al frente del Gobierno por imposición de los demás, de los que le obligaron a asumir la responsabilidad por imperativo del deber cívico. Dijo que había caído sobre él esa obligación, lo que en lenguaje coloquial equivale a reconocer que la situación resultaba desfavorable. Esto es, se encontraba sometido a la urgencia de cumplir una obligación ni buscada ni deseada, pero irrechazable por patriotismo.

Tal estado de su ánimo salía a relucir en un debate especialmente desagradable, en el que se le hicieron acusaciones erróneas históricamente. Todo incitaba a dimitir, y quedarse cómodamente en su escaño de diputado, oyendo los planes de sus sucesores y criticándolos sin exponer nada. Pero eso no se acomodaba a su sentido de la responsabilidad, y por ello aseguró que pretendía hacerse digno de esa obligación, a pesar de no quererla. Es una lección sobre lo que debe ser un político consciente de su compromiso con el Estado. Una servidumbre muy pesada.

Se definió mediante el recurso de rechazar los caracteres negativos, para señalar que era todo lo contrario. Así, aseguró no ser mezquino, ambicioso, loco, soñador ni cobarde. En consecuencia, si se resignó a someterse al destino que le impuso aquella carga, lo hizo por cumplir una misión histórica, en momentos de inseguridad para el Estado, con el cambio de régimen y la hostilidad de las fuerzas reaccionarias preparadas para enterrarlo.

Creía que por ello algún día se recordaría esa función “por lo menos sin enojo”. Los enemigos de la República la recuerdan con todos los improperios de que disponen, como era de esperar, pero los historiadores deben juzgarla positivamente. El destino colocó a Azaña en el lugar preciso en el tiempo exacto para lograr que la República se afianzase. Sin embargo, el destino, que según se dice es ciego, iba a llevar a Azaña y a España a una tragedia inmerecida, en un holocausto contra toda esperanza. La misión del presidente se recuerda como un sacrificio inútil, ante la magnitud de las fuerzas concitadas en su contra.

La necesidad política

La fuerza del destino, por seguir una frase aceptada con sonido musical incluso, quedó patente el 8 de junio de 1933, cuando Alcalá–Zamora mostró sus reticencias hacia el Gobierno, y Azaña le presentó su dimisión. De acuerdo con el trámite obligado en tales ocasiones, el presidente de la República encargó a los líderes de los grupos mayoritarios la formación de un nuevo Gobierno, pero ni Indalecio Prieto ni Marcelino Domingo consiguieron aunar las voluntades precisas para lograrlo. En consecuencia, hubo que  recurrir al dimisionario, que en cuatro días constituyó su tercer Gabinete, con representantes de seis agrupaciones políticas.

Pudo alcanzar lo que otros intentaron sin éxito, porque él era la personificación de la República: se confiaba en su dedicación al desempeño de la función encomendada, y en el buen juicio demostrado siempre. Lo curioso es que Prieto pertenecía al Partido Socialista Obrero Español, mayoritario en la Cámara, mientras que Acción Republicana, el partido de Azaña, no contaba ni siquiera con una cuarta parte de diputados. No obstante, Azaña lograba unificar criterios en su entorno, porque él mismo era el garante del buen gobierno y de la preservación de la democracia.

Esto no significa que Prieto y Domingo y muchos otros políticos republicanos tuviesen menos cualidades organizativas y funcionariales. Lo que sucede es que Azaña poseía un carisma especial, quizá connatural a su destino; gracias a él triunfaba donde los demás fracasaron. Pero eso le vinculaba al poder fatalmente, con lo que permanecía encerrado en un laberinto atroz de salida incierta.

Cuando presentó a las Cortes el programa de Gobierno, el día 14 de junio de 1933, tuvo que hacer historia de la crisis, para que se entendieran los motivos de su renuncia y de su vuelta. Después trazó una confesión de su estado de ánimo en aquellos momentos:

[…] hago un llamamiento a todos para que, sin abandonar ninguna posición, sin abandonar ningún propósito ni ningún programa, nos esforcemos en llegar a una colaboración en busca del interés nacional, que podemos entender de distinto modo, naturalmente, pero sabemos que existe, esto no se puede negar; busquémosle en común, y para buscarle en común aquí tenéis al Gobierno y a su presidente dispuestos a hacer todo lo que sea necesario para que esta obra se realice y se logre.

Con este espíritu, señores diputados, se presenta el Gobierno ante la Cámara; con este espíritu he podido yo aceptar una vez más esta carga que ya me pesa demasiado. Si nosotros estábamos dispuestos a cualquier sacrificio antes, con más razón lo estaremos ahora. Nuestra presencia aquí, impuesta por la necesidad política y por el cumplimiento del deber, os llama a todos vosotros a comprender nuestra situación y a unirnos todos en el servicio de la República, que es servir también a España. (IV, 385.)

Llamaba a la conciencia republicana de los parlamentarios desde la suya, haciendo constar que por tercera vez se encontraba obligado a presidir un gobierno por patriotismo. Ponía en claro que lo consideraba una carga, aunque se sabía forzado a aceptarla por imperativo del deber, habida cuenta de la ausencia de otra persona dotada para ese menester.

Por todo ello podía y debía solicitar de los diputados un espíritu de sacrificio semejante al suyo, al menos del sector izquierdista, puesto que las intenciones de la derecha eran contrarias a su requerimiento patriótico. Lo que pedía ya lo había dado él reiteradamente, de modo que estaba en su derecho para demandar y aun exigir una correspondencia equitativa.

Ganancioso a su pesar

También Azaña tuvo que exclamar un día “Decíamos ayer”, como asegura la tradición que hizo fray Luis de León al salir de la cárcel en que le encerró la Inquisición. También él había estado en la cárcel, perseguido por los nuevos inquisidores enemigos de la libertad. Durante el bienio calificado como negro por sus resultados negativos, los republicanos conocieron la cárcel o el exilio, y algunos la muerte. Sin embargo, al finalizar ese paréntesis tan triste en la historia de la República, Azaña salió reforzado ante la opinión pública, por lo que logró constituir el Frente Popular para recuperar los propósitos impulsores de aquel 14 de abril casi olvidado ya.

Y otra vez, con la repetición de su “Decíamos ayer”, volvió a luchar por la defensa de los ideales republicanos, a pesar de su intención de retirarse de la vida pública. No le fue posible realizarlo, porque él encarnaba el verdadero sentir republicano. Es muy clara la confidencia que escribió a su cuñado Cipriano de Rivas Cherif, ausente de España, al darle cuenta de la victoria del Frente Popular, en una carta fechada el 29 de marzo de 1936, con un autorretrato psicológico definitorio:

Creo que sin pesimismos sobre el resultado de las elecciones, eran un resultado inconsciente de mis ganas de no verme en tantos compromisos y tantos enredos. Pereza, vamos. Como no podía decirme a mí mismo que deseaba perder, la esperanza de que perdiéramos iba muy bien con mi comodidad. Y habiendo hecho todo lo necesario para ganar bajo el signo del azañismo, soy ahora el ganancioso a mi pesar. Bueno. Cada uno tiene las rarezas que puede. Más seguro era que se me frustraría el deseo de no formar yo el primer gobierno, en caso de victoria. Esto sí que era una ilusión. Fue imposible. (V, 645.)

No deseaba tener que volver a la vida pública, pero el imperativo patriótico le conminó a hacerlo. Pretendió eludir la responsabilidad de formar Gobierno tras la victoria, y debió plegarse una vez más a la razón de Estado, sujeto a un destino que le imponía excesivas responsabilidades. Es imposible dudar de la veracidad de estas confesiones hechas a su cuñado y gran amigo, que le conocía perfectamente desde hacía veintidós años ya.

Por sentido del deber, y a pesar de sus deseos, hizo todo lo necesario para ganar las elecciones en la coalición del Frente Popular, y después aceptó presidir un Gobierno que sabía estaría entorpecido por el propio presidente de la República. Tenía que someter sus aficiones al bien de la nación, y no dudó en hacerlo. Sin su colaboración activa, el futuro de la República aparecía poblado de incertidumbres, por lo que debía aplicar la solución idónea: su sacrificio.

El deber cumplido

Azaña o el deber cumplido, sería un buen título para su biografía política, aunque en su caso sobra el adjetivo, ya que todo fragmento de su vida adulta se relaciona con el ideario político, ya se trate de reducirlo a la figura humana o al escritor. El deber cumplido fue su norma superior de conducta a cualquier precio, excepto en caso de conflicto con la conciencia.

Cuatro veces se vio en la necesidad de presidir gobiernos, en contra de sus deseos y de su conveniencia, por requerirlo el bienestar de la República. Y a pesar de todos los problemas que le plantearon desde el presidente Alcalá–Zamora hasta sus socios de coalición, para no hablar de las obstrucciones de la derecha, ya que estaba en su papel de oposición, llevó a cabo una labor asombrosa, que la historia le reconoce, por más que en su momento hubiese quienes la censuraban por motivos de oportunidad política. Sin embargo, nunca pudieron acusarle de deslealtad.

Dimitió la primera vez el 12 de diciembre de 1931, porque era lo razonable tras la elección del presidente de la República, aunque él quiso darle carácter de crisis; las dos siguientes, el 8 de junio y el 8 de setiembre de 1933, por no contar con la confianza de Alcalá–Zamora, y la cuarta en mayo de 1936, al ser elegido él mismo presidente de la República. De modo que nunca abandonó su puesto de primer ministro por causas personales de cansancio, hastío o incapacidad, sino por obligación legal.

Asimismo, soportó el peso de presidir la República durante la guerra, en las peores condiciones, y sólo dimitió, el 27 de febrero de 1939, cuando él ya estaba exiliado en Francia, con el Ejército leal derrotado irremisiblemente, y después de haber reconocido a los rebeldes la misma República Francesa y el Reino Unido. No fue, pues, una deserción, sino el fin de una esperanza mantenida contra toda evidencia, aunque él adivinó mucho antes lo que iba a suceder.

En todos los casos dejó su deber bien cumplido. Trabajó hasta el agotamiento físico por la República, y cuando comprobó el éxito de los rebeldes perdió el motivo principal para vivir. Por eso la falta de ilusiones permitió que invadieran su cuerpo las enfermedades, y se agotó enseguida. Murió con el deber cumplido.

Ni un solo reproche

Su papel en el gran teatro de la historia fue el de mantenedor de la II República Española. Gracias a su tenaz preocupación por sostenerla se pudo ir desarrollando pacíficamente. En realidad, la historia de la República debió ser plácida, tal como había empezado. Aunque se constituyó un Comité Revolucionario en 1930, para poner fin a la monarquía perjura, la verdad es que en España no hubo ninguna revolución. El resultado de unas elecciones municipales demostró que los ciudadanos querían un cambio total en la forma del Estado. La transición se hizo sin un solo disparo, sin ningún muerto, y con grandes manifestaciones de júbilo en las calles.

La voluntad de los españoles se manifestó con rotundidad, pero pacíficamente, y mereció y obtuvo el respeto de las Fuerzas Armadas, hasta entonces ejecutoras de las órdenes del rey en contra del pueblo. Ante la nueva situación, el pueblo prefirió olvidar el pasado sanguinario, y empezar de cero, aunque no tanto como los revolucionarios franceses, que hasta crearon un nuevo calendario para una nueva era.

A los políticos les correspondía la responsabilidad de administrar ese deseo común, y hacerlo de la misma manera en que se había materializado, es decir, pacíficamente. Para eso se celebraron unas nuevas elecciones, esta vez a Cortes Constituyentes. Los diputados representaban las diversas opiniones de los ciudadanos, por lo que en teoría al menos el Congreso debía resolver pacíficamente los problemas planteados al nuevo Estado. No se esperaba unanimidad, pero sí unidad de acción.

Fue lo que intentó Azaña, sin encontrar colaboración en los demás. Entregó su vida y su espíritu al mantenimiento pacífico del régimen elegido por el pueblo español, pero las fuerzas reaccionarias le opusieron una reacción tenaz. No fracasó, sino que lo fracasaron, porque disponían de armas en abundancia, dinero sin tasa, colaboración de las dictaduras nazifascistas, y hasta bendiciones episcopales. Contra eso no valía nada su esfuerzo para pilotar con pulso firme el Estado.

Unos meses antes de su fallecimiento se lo recordaba a Roberto Escribano, antiguo diputado y afiliado siempre a sus organizaciones políticas, exiliado entonces en México. El 24 de enero de 1940 le escribió una carta en respuesta a otra suya, en la que reprochaba al ex–presidente que hubiera publicado tardíamente La velada en Benicarló. Le replicó Azaña que cuanto presentaba en el diálogo lo había dicho públicamente en sus discursos en el momento preciso, y concluía así:

Conozco a mucha gente que ha dado ejemplo de abnegación, de desinterés, de voluntad de servir, y que ha hecho lo que ha podido. Ante ellos me descubro. Pero no conozco a nadie que por su conducta, por sus opiniones sagacísimas, o por sus aciertos, tenga autoridad para reprocharme un desfallecimiento o una defectuosa comprensión de mis obligaciones… (VI, 714.)

Poder hacer esas afirmaciones irrebatibles con tranquilidad de ánimo, después de los diez años de historia agitada en España, implica una trayectoria pública muy firme y recta. El hombre que asumió las máximas responsabilidades por imperativo del deber, en contra de sus deseos más íntimos, se hallaba facultado para proclamar con firme rotundidad un fiel cumplimiento en el desempeño de sus obligaciones, sin desfallecimiento ni incomprensión.

Constituía, por ello, un ejemplo para los españoles, y así lo sintió el pueblo a lo largo de ese decenio tan importante y significativo. El pueblo sí, a pesar de las campañas difamatorias puestas en ejecución por algunos políticos, y no sólo de la derecha, sino también de los considerados presuntamente alineados a la izquierda. El pueblo nunca se equivoca, ya que es el primero en sentir los vaivenes del poder, y apostó por el gobernante más idóneo.

Por eso al cabo de los años sigue siendo Manuel Azaña imagen del político honrado y eficaz, una imagen muy escasa en España, el país de los chapuceros y los oportunistas en cualquier orden de la vida, pero especialmente en la política. Se supo preso de su responsabilidad en unas determinadas circunstancias históricas, y aceptó su destino sin titubear un segundo ni separarse de sus obligaciones.

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