Azaña, el cansado de la política – Recuerdos de la historia Arturo del Villar

0

Homenaje y recuerdo en su 140 aniversario

Resulta paradójico que Manuel Azaña, el prototipo del político en el siglo XX, confesara alguna vez sentirse cansado de la política. Pero así es, según comprobamos al leer su diario, esa escritura íntima en la que no se podía engañar al redactarla, puesto que eran confidencias que se hacía a sí mismo en la soledad de su despacho. La redundancia en las anotaciones acerca de su cansancio nos obliga a admitir lo que nadie hubiera podido figurarse al verle aplaudido y vitoreado en los mítines públicos y en las sesiones del Congreso: que la actividad política representó una tremenda carga para él, tanto que a menudo se sintió cansado, y tan harto y triste que pensó en abandonarla. Es preciso advertir cuanto antes que la mayor parte de las veces esa desazón era debida a motivos externos, y no sentimientos personales.

No podía renunciar a su papel histórico, ya que para una mayoría de españoles era la encarnación de los valores republicanos, pero su ánimo estuvo alguna vez derrotado y con ganas de librarse de ese peso excesivo. Es una cuestión de talante la motivación por la que alguien se dedica a la política: con frecuencia se busca obtener beneficios fáciles desde el ejercicio del poder, o se desea alcanzar notoriedad pública desde la tribuna parlamentaria. También existen algunas personas altruistas que pretenden asegurar a los ciudadanos el bienestar económico y el ejercicio de las libertades, por lo que se aplican a trabajar por sus inquietudes ideales, y no sólo en su patria, sino en cualquier lugar donde consideren ajustada su intervención a la necesidad conocida.

Entre esos idealistas se encuentra Manuel Azaña. Su posición económica era sólida, como alto funcionario estatal, a la vez que consolidada su reputación como excelente escritor, aunque por eso mismo de lectores minoritarios, y competente director de revistas, igualmente para lectores cultos, cuando se arriesgó a formar un partido republicano en plena dictadura militar sustentadora de la monarquía.

Hizo imprimir y distribuyó él mismo un panfleto republicano, que significaba un grave peligro si se le relacionaba con él, y en aquellos años de dictadura militar bajo la bota del general Primo las delaciones eran habituales. Más tarde asistió a la reunión de San Sebastián, de la que derivó el enfrentamiento abierto con el rey Alfonso XIII. Ninguna ventaja personal debía esperar de sus actividades políticas, y sí en cambio una amenaza muy severa por parte del dictador implacable si se descubrían sus actividades.

Por supuesto, le acompañaban otros en esas aventuras: algunos habían sido monárquicos a los que ofendió Alfonso XIII, y por eso se hicieron republicanos, como Niceto Alcalá–Zamora o Miguel Maura; había quienes deseaban sanear sus negocios personales, como Alejandro Lerroux, y también quienes perseguían el cambio del Estado para conseguir la imposición de sus ideales. Así suele acontecer en las agrupaciones humanas. Pero entre todos los que se unieron para derrocar el régimen dictatorial en que cayó la monarquía, sin duda el más idealista era Manuel Azaña, quizá por ser un intelectual puro. Y por ser como era padeció más que nadie la desilusión de una entrega no correspondida por sus pares.

Vamos a comprobarlo durante los primeros años de su dedicación gubernamental solamente, los que debieran haber sido de alegría y felicidad por estar aplicando un modelo político inédito hasta entonces en la historia de España, y sin embargo no fueron así. Quizá nadie como él sintió la complejidad del momento, o al menos nadie la ha expresado con tanta dureza.

Una forma de hacer el primo

Sospechaba él mismo que había cargado con una responsabilidad que nadie quería, por lo que se sentía manipulado intencionadamente. Sin él pretenderlo, e incluso en contra de su voluntad, se hallaba constreñido por las circunstancias, mientras sus compañeros eran todos más libres, en un país habitualmente despreocupado por su historia. Tenía que preguntarse si merecían la pena los sacrificios a que se sometía, al restringir su vida familiar y su vocación literaria al mínimo, para trabajar con unos compañeros que solían rehuir las responsabilidades.

En fecha tan temprana como el 8 de julio de 1931 hizo una anotación dolorida en su diario, después de haber pasado una jornada de gran actividad, en plena reorganización del Ministerio de la Guerra. La noticia del día en el ambiente cultural fue la muerte del pintor Juan Echevarría, pero él sentía otras preocupaciones en esas horas, motivadas por las obligaciones de su cargo. Y se asombraba al comprobar con qué facilidad hablaban sus compañeros de Gabinete con los periodistas, explicándoles los temas debatidos. Escuchaba las delaciones de golpes militares sin inmutarse, pero tomaba medidas precautorias. En fin, trabajaba por la República, y al final se confiaba al secreto del diario:

Después de cenar he salido con Cipriano y Guzmán, que van a casa de Echevarría. Estoy tan fatigado que apenas puedo sostener la conversación. En algunos momentos me parece que estoy haciendo el primo con tanto trabajar. Y nunca se me olvida que podía estar escribiendo tranquilo en mi casa, sin meterme en estas aventuras.

Todas las citas se hacen por sus Obras completas, en siete volúmenes,  Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007, señalando el volumen en números romanos y la página en arábigos. En este caso, III, 608.

La afición del escritor consiste en escribir, y Azaña era un escritor, de modo que su anhelo personal se reducía a quedarse en casa ante unas cuantas hojas de papel en blanco, para llenarlas con sus ideas. Sin embargo, la literatura le estaba vedada por el momento, y preveía que por mucho tiempo. No era que le hubiese abandonado la inspiración, sino que debía rechazar sus insinuaciones cuando le incitaba a tomar la pluma, por estar entregado a otra tarea más absorbente, la política, tanto que no le dejaba tiempo libre para cultivar su antigua afición literaria. Lo hacía por vocación, para servir a la República, pero le desanimaba la falta de colaboración demostrada por parte de sus colegas, a veces incluso llevada hasta el extremo de armar trampas e impedimentos con los que torpedear su trabajo. No todos los que se dicen republicanos saben serlo.

Al escribir que temía estar haciendo el primo, utilizaba esa expresión familiar para señalarse a sí mismo una meditación acerca de sus actos en relación con los ajenos. Nunca dudó de su obligación como político: se esforzó por implantar la República en España, y una vez proclamada no iba a negarle su colaboración. Eso nunca. Debía entregarle todas sus atenciones y pensamientos. El fin esperado de tanto trabajo compensaría los desvelos empleados en su consecución. Sin embargo, le entristecía comparar sus esfuerzos con las tibiezas de quienes se debieran sentir tan comprometidos como él con el nuevo régimen político español. No por ello permitió que decayera su ánimo.

La necesidad de la urgencia

Desde el primer día, por no decir la primera hora del Gobierno provisional, se supo quiénes llegaban con voluntad de servicio y quiénes lo hacían con intención de aprovechar las circunstancias en su favor. Con el transcurso de aquellos dos meses y medio, las posturas se afianzaron, sin modificarse. La actitud razonadora de Azaña, un intelectual acostumbrado a la meditación en torno a todas las cosas, le incitaba a criticar lo que consideraba defectos; más todavía cuando le afectaban directamente a él, y sabía que repercutían negativamente sobre la generalidad de la nación, en un momento histórico tan delicado.

Para formar el Gobierno provisional se transigió con ciertos personajes, como Lerroux, porque se había proclamado siempre republicano, siquiera a su estilo basto de emperador del Paralelo, y con otros, como Alcalá–Zamora, porque tenía una oratoria retórica que gustaba escuchar. Más tarde causaron graves conflictos al nuevo régimen político, pero en un principio no se quiso desdeñar a nadie con marchamo republicano.

Seguramente hubo que actuar así por necesidad, ante la urgencia de llenar el vacío de poder con las personas asequibles entonces. Muchas de ellas no servían para desempeñar los cargos que se les confiaron, en los diversos niveles administrativos públicos. De ahí derivaban las quejas de Azaña, al no encontrar la ayuda requerida ni siquiera en el propio presidente del Gobierno provisional y después de la República, carente de dotes para cumplir sus obligaciones. Y así se hallaba él tan fatigado que no era capaz de sostener la conversación con los amigos de más confianza.

Manuel Azaña temía hacer el primo con respecto a sus colegas, no porque se arrepintiera de haber ayudado eficazmente a terminar con la corrupción de la monarquía borbónica. Una monarquía que debía su restauración a la sublevación de un general contra la I República Española, de modo que carecía de legitimidad, y el último rey la acabó de desacreditar con su vida crapulosa, dedicada a estuprar muchachas, mantener una familia paralela a la legal, practicar deportes e incrementar su fortuna personal, hasta rematarla con el golpe de Estado palatino de 1923. Por todo ello resultaba hostil al pueblo, tenía que desaparecer.

Cansado  y sin energía

El estado en que se hallaba la nación exigía un cambio radical desde arriba. Era preciso imponer un orden nuevo para implantar una nueva moral que diera paso a un nuevo espíritu español. Se había utilizado con excesiva facilidad la palabra España como sinónimo de la monarquía, por lo que se necesitaba convertirla en un adjetivo, debía ser complemento de la República Española, porque así lo demostró con fuerza el pueblo al votar por ella. Iba a enriquecer la vida nacional con los materiales inherentes a su nuevo estado, una revolución iniciada desde los cimientos, llevada a cabo pacíficamente, porque la República es paz.

El desánimo que a menudo le aquejaba era debido a la soledad en que se veía, mientras se entregaba plenamente al cumplimiento de sus tareas ministeriales. Se sentía cansado por exceso de trabajo, y además solo en el intento ejemplar de sustituir las inservibles instituciones monárquicas por otras que garantizasen al pueblo la igualdad y la libertad hasta entonces desconocidas.

Sin embargo, sabía que no por ello podía alegar la disculpa de su situación personal para abdicar de sus responsabilidades públicas. A pesar de todo, carecía de excusas ante el deber. Así se lo confesó a sus correligionarios de Acción Republicana el 22 de junio de 1932, al inaugurarse los locales de su Círculo en Madrid:

Señores: Vuestros aplausos, que son siempre desproporcionados con lo que digo, son ahora más desproporcionados con lo que voy a decir, porque me permitiréis que alegue ante vosotros una excusa que no me es permitido alegar en los trabajos corrientes de la batalla política y de los afanes del Gobierno, que es el quebranto físico, a que también tengo yo algún derecho. Esta excusa no se puede alegar en ninguna hora del día ni de la noche en el cumplimiento de los deberes oficiales, y hay que estar siempre presto a cumplir las obligaciones; pero aquí, que no estamos en un acto oficial, sino entre amigos, compañeros y correligionarios, ya me será permitido ofreceros la excusa, si hablo poco y mal, de que estoy muy cansado y de que me cuesta sumo trabajo encontrar todavía energías dentro de mí. (III, 403.)

Es la expresión de un sentimiento del deber por encima de las condiciones físicas. El cansancio era en esos momentos físico, hasta el extremo de tener disminuidas las energías anímicas en su interior, pese a ser muchas. Sin embargo, cumplía con su deber como presidente, y hablaba con sus correligionarios en esas condiciones. Y además les advertía que esa explicación no era una excusa para renunciar a sus obligaciones públicas. La confidencia la hacía a sus compañeros de partido, pero no la iba a alegar para refugiarse en la comodidad del descanso, ante sus tareas parlamentarias o gubernativas. Su sentido del deber le impelía a cumplirlas de día y de noche, según sus palabras, es decir, siempre.

Y lo hacía por imperativo moral, pero no podía evitar un quebranto físico a consecuencia del exceso de trabajos y preocupaciones. Era un ser humano, con unas dotes superiores a las poseídas por la mayor parte de sus coetáneos, es cierto, pero su cuerpo se quejaba del excesivo quebranto al que lo sometía. Opinaba que también él tenía derecho a sufrir las molestias de su cuerpo, aunque su ánimo estuviese alerta en todo momento. Es la confesión de un hombre extraordinario intelectualmente, pero humano.

Republicanos incompatibles

El cansancio físico se aumentaba a causa de las desavenencias entre los mismos partidos republicanos: así, por ejemplo, el Partido Republicano Radical y el Partido Republicano Radical Socialista resultaban incompatibles, y por si fuera poco los dos se escindirían debido a incomprensiones entre sus dirigentes. Asimismo, el Partido Socialista Obrero Español contaba con dos tendencias decididamente enfrentadas, y una tercera disfrazada que por ello se volvía más peligrosa. En general los partidos buscaban su beneficio, sin atender a las urgencias de la República.

Se agravó la situación de encono entre los diversos grupos inmediatamente, con motivo de la dimisión del segundo Gobierno provisional, tras la elección de Alcalá–Zamora como presidente de la República. El 12 de diciembre de 1931 presentó formalmente Azaña la dimisión de su Gobierno, en lo que era inicialmente un acto protocolario, pero agudizado hasta la crisis por la necesidad de alterar los ministerios, y por lo mismo las personas que debían estar al frente de ellos.

Acababa de aprobarse la Constitución, se estaba estrenando el presidente de la República, eran conocidos los intentos conspiratorios contra el nuevo régimen político, y en esas circunstancias los partidos se enzarzaban en pequeñas discusiones, sin atender a las razones de Estado. Por si fuera poco, los periodistas intentaban sorprender a los lectores de los diarios en los que trabajaban, ofreciéndoles supuestas noticias en exclusiva, que en ocasiones inventaban ellos mismos, o se las hacían llegar intencionadamente desde algunos grupos de presión, cuando no los aspirantes a presidir los ministerios. En consecuencia inevitable, el ambiente se enrarecía por necesidad, concertando alianzas increíbles y motivando rupturas ilógicas. Un panorama caótico, que iba a prolongarse demasiado tiempo.

Los medios de comunicación de masas españoles y extranjeros habían resaltado con admiración el hecho de que el paso de una monarquía secular represiva a un sistema republicano de libertades se hiciera con absoluta normalidad. Lo malo era que algunos políticos, militares, terratenientes, eclesiásticos y grandes empresarios aceptaron el cambio de mala gana, y ya estaban conspirando a escondidas para propiciar una vuelta atrás y recuperar la monarquía, sin tener que esperar mucho tiempo.

Una crisis amarga

Inmediatamente lo comprobó Azaña, al intentar resolver la crisis de la manera más rápida posible, con intención de mostrar al país la solidez de la incipiente República. Fue el momento elegido por los radicales de Lerroux para negarse a continuar en el Gobierno. En la primera oportunidad se retiraban, rompiendo así el pacto de San Sebastián, y demostrando las disensiones que separaban a los defensores del nuevo sistema político. No les inquietaba la suerte de la República, por lo que atendían a sus negocios particulares en el gran mercado nacional.

Azaña resolvió la situación favorablemente, pero comprendió que los enemigos de la República estaban disfrazados dentro de ella. Se le había encargado formar el primer Gobierno constitucional de la República, y era previsible la colaboración de todos los grupos de izquierdas en esa tarea, en primer lugar para su organización, y después para apoyarlo en el Parlamento. La realidad se presentó muy distinta. Quedaba claro que la oposición iba a estar dentro, y que torpedearía las decisiones gubernamentales: era un anuncio de la obstrucción que intentaría paralizar la vida parlamentaria, una actitud comprensible en la derecha, pero no en agrupaciones que se decían de izquierdas.

Por eso, al conseguir resolver la crisis de una forma rápida y eficaz en aquellas circunstancias, anotó el 16 en su apunte diario la frustración padecida durante los cuatro días de disgustos continuados:

He salido de esta crisis profundamente amargado. Es cosa innoble y torpe el espectáculo de este mundillo político y periodístico, y eso que lo he visto de lejos, porque he procurado aislarme todo lo posible. (III, 868.)

Estaba al comienzo de su tarea legislativa, puesto que aún no hacía ocho meses de la proclamación de la República, y ya se encontraba “profundamente amargado” por la actitud cerril de sus compañeros. Eso no era más que el anuncio de lo que le esperaba. Lo intuía, pero se resignaba a asumirlo por fidelidad a la República.

Ya se sabía que Azaña era la única personalidad republicana capacitada para formar y presidir un gobierno estable en la situación de ese momento. Y también quedaba patente que eso disgustaba a algunos, que ni aceptaban encargarse del gobierno de la nación en esa fase de enorme responsabilidad, cuando debían discutirse las leyes complementarias de la Constitución, ni tenían la menor intención de cooperar para que la actividad parlamentaria resultase fácil.

Si lo que vio y escuchó en esos cuatro días le pareció un espectáculo “innoble y torpe”, resultaba minúsculo en comparación con lo que iba a llegar enseguida. No se le ocultaba a nadie, y tampoco a Azaña, que era el mejor informado al respecto. No obstante, se tragó la amargura y continuó cumpliendo su deber. Con un cansancio infinito, eso sí, cada día más entristecido al sentirse más atado al sillón presidencial que ni había buscado ni tampoco quería, pero que parecía formar parte de su ser. Debía esforzarse en conseguir que lo negativo para él resultase beneficioso para los ciudadanos enfervorizados con la República ansiada y por fin conocida.

Harto de los políticos

Asombra y apena comprobar cuántas veces confiesa Azaña en diversos momentos de su diario el hartazgo que le producía la política española. En otro país un estadista así hubiera sido indiscutido, pero aquí tuvo que soportar insidias, calumnias, zancadillas, envidias y toda clase de mezquindades por parte de sus colegas. Todos sabían que no podían competir con él dialécticamente, y por eso rehuían el enfrentamiento directo, mientras le tendían trampas con insistencia. La consigna común estribaba en eliminar a Azaña, de ser posible físicamente, si no políticamente al menos, mediante la utilización de cualquier medio, cuanto más insidioso mejor.

Incluso sus amigos y personas bien intencionadas contribuyeron a dificultar su tarea, por simple dejadez o por estupidez incurable. O bien seguían la costumbre de aplazar sus actuaciones hasta otro día, y entonces era tarde. Para su carácter tesonero y decidido, la falta de aptitudes políticas, económicas o militares de las personas con puestos de responsabilidad en esas materias sobre los destinos de España, le parecía incomprensible, y no quería tolerar tal situación anómala, por muy común que fuese.

El 29 de diciembre de 1931, a poco de constituido su segundo Gobierno, el primero constitucional, se marchó con su esposa a pasar unas cortas vacaciones navideñas en Andalucía. Los finales de año suelen ser festivos en todos los países civilizados, y alegres para sus ciudadanos. Al regreso anotó en su diario:

Me decían que se me notaba el cansancio, y yo lo notaba más que nadie. Estaba harto. No me había repuesto del quebranto que me produjo el desarrollo de la crisis. Últimamente tuve otro disgusto. A Cipriano le han dado el premio de literatura que concede el Ministerio de Instrucción Pública. Naturalmente, algunos periódicos han dicho que se lo daban por influencias mías, o por ser mi cuñado. No me sorprendió esta bajeza; pero no por eso me dolió menos. Las mayores dificultades políticas no me arredran; pero estas mezquindades, cuando afectan a mi intimidad, me deprimen enormemente. La víspera de mi viaje estaba yo de tan mal humor, y tan hastiado, que le decía a Ramos y a mis secretarios: “¡Qué patada voy a dar a la política!” En efecto, sentía unas ganas atroces de dejarlo todo, y que se las arreglen como puedan. Después de todo: ¿a mí qué me va en esto? (III, 879 s.)

Desde luego, en el aspecto personal nada le iba en aquellas desavenencias políticas, de baja politiquería. Su vocación era de escritor, y había debido abandonarla, ya que ni siquiera encontraba tiempo para leer libros de literatura. Sin embargo, le iba la República, y sabía que nadie más que él se hallaba en condiciones de mantenerla en orden, a pesar del presidente, de los ministros, de los parlamentarios, de los militares, de los eclesiásticos, de los terratenientes, de los independentistas, de los anarquistas, de los fascistas, de los monárquicos y de los republicanos disidentes, unidos todos, cada uno a su manera, en un común ejercicio de descrédito del nuevo régimen. Si él lo abandonaba, no duraría un año.

El premio Nacional de Literatura de 1931 se concedió al ensayo El teatro del siglo, de Cipriano de Rivas Cherif, sobre quien recaían muchas críticas e insidias por el hecho de ser cuñado Azaña. Terminada la guerra en 1939, los vencedores le condenaron a muerte por ese mismo motivo.

Deprimido por las mezquindades ajenas

Sabía que contaba con el apoyo de lo mejor de España, su pueblo, y no podía defraudar las esperanzas depositadas en la República, ni dar lugar a que el recién implantado sistema político, tan legítimamente obtenido en las urnas y refrendado por la huida precipitada del rey, se perdiera porque él lo abandonaba. No lo haría, porque su compromiso republicano le impedía totalmente hacerlo. Pero estaba harto de tanto estar harto de todo.

En ese tono confidencial de las anotaciones en el diario particular, no destinado en principio a su publicación, entendemos la declaración de que no le arredraban las mayores dificultades políticas, pero le afectaban las mezquindades urdidas contra él y sus familiares, tanto que deprimían su ánimo generalmente decidido.

Sus adversarios políticos pugnaban por aprovechar cualquier oportunidad, aunque la supieran falsa, para combatir su figura desde los resquicios personales, ya que no les resultaba factible hacerlo en el plano de la política propiamente dicha. Es cierto que un político carece de vida privada, pero a él se la inventaban caricaturizándola, por no rastrearse fisuras censurables en la verdadera. Una crítica fundada tiene que ser bien recibida, pero no es tolerable un infundio lanzado para menoscabar una fama.

A juzgar por la nota, la redactó al regreso de las mínimas vacaciones, pero el distanciamiento no mejoraba su impresión sobre la actualidad española y la talla espiritual de sus colegas. En realidad no habían sido unas vacaciones completas, porque tuvo que someterse a las pertinentes obligaciones protocolarias de su cargo ministerial: carecía de vida privada e intimidad, lo que ya le parecía fastidioso, y además le fallaban los colaboradores. Sabemos que le gustaba estar solo como ciudadano vulgar, pero como presidente debía contar con un equipo adecuado para gobernar la nación.

En un rapto de mal humor acordó abandonar la actividad política, dándole una patada, como escribió muy gráficamente. Nunca lo hizo mientras sintió alguna esperanza de mantener las instituciones republicanas. Solamente dimitió cuando los militares rebeldes fueron reconocidos como representantes de la España real (de realidad) por la gran traición incomprensible de la República Francesa, y la más explicable del Reino Unido de la Gran Bretaña, seguidos por otros países menores. La República fue vencida a causa de la ayuda facilitada por los países nazifascistas a los militares monárquicos rebeldes, y de la complicidad cobarde de los firmantes del Pacto de No Intervención. Bien caro lo pagaron enseguida.

Con voluntad de servicio

Los momentos de desánimo quedaron aplastados por la ética del deber impuesto. Cuando leemos su diario comprobamos unos altibajos de carácter, empujados por las circunstancias exteriores, que le hacían debatirse entre dos opciones opuestas y contradictorias: renunciar o permanecer. En su consciencia estaba muy claro el camino a seguir, pero las influencias ajenas le colocaban trampas a su decisión, y en esos momentos dudaba, aunque después se reponía. A cualquier trabajador en cualquier oficio le gusta saber que su tarea sirve para algo positivo. Lamentablemente, Azaña no siempre tenía esa impresión.

En un discurso pronunciado en Valladolid el 13 de noviembre de 1932, transmitido por radio a todo el país, tan esperado que se instalaron altavoces en la calles de muchas ciudades, manifestó su concepto sobre la profesión de político:

El mañana es lo que importa. De esa manera únicamente es soportable la política y es soportable el Gobierno para quienes no hemos visto en la política una carrera ni en el Gobierno una posición que se conquista y sobre la cual se vivaquea, y a la que ha de defenderse contra todos los enemigos que la asaltan, sino como un servicio que se presta al Estado, mientras en la conciencia no surge la duda acerca de la utilidad del servicio mismo, pues el día que surge la duda se quita uno de en medio. (IV, 53.)

Obligado a asistir a las reuniones conspiratorias contra la monarquía inconstitucional por imposición de su amigo Enrique Martí Jara, incluido en el Gobierno provisional por ser el único capacitado para poner orden en el levantisco estamento militar, designado para presidir gobiernos porque solamente él lograba formarlos, y convertido en la figura más aplaudida en el Congreso por su oratoria convincente, bien podía asegurar que no consideraba la política como una carrera para medrar, ni el Gobierno una solución para situarse en posición destacada. Su voluntad de servicio a la República le obligaba a vivir la política como una necesidad imperiosa, ya que no buscó desempeñar un cargo de responsabilidad, sino que se lo impusieron.

Ahora bien, colocaba un límite en el discernimiento de la conciencia: si surgía una duda sobre la utilidad del trabajo realizado, lo mejor era abandonarlo. Y eso es precisamente lo que le sucedía, en los momentos en que se paraba a analizar la situación sociopolítica del país. Al meditar sobre el panorama presente, se desmoronaba su energía, ante el clima mezquino que invadía el Congreso. No obstante, su sentido del deber se sobreponía a la desazón, y superaba la duda. Así actuó hasta que la realidad de la derrota se le impuso, perdida toda esperanza de ganar la guerra, cuando ya su permanencia en el cargo de presidente era innecesaria.

La tristeza añorada

Tuvo la fortuna de encontrar una compañera que le apoyó en todo momento, sin ninguna queja por la intimidad perdida, tanto en el poder y la gloria como en el exilio y la desesperanza. La tranquilidad hogareña, sin embargo, le fue escatimada desde que asumió la jefatura del Gobierno y después la presidencia de la República, aunque tampoco disfrutó de ella en los meses que pasó en la oposición, ya que no sólo fue atacado continuamente, sino que incluso le encarcelaron contra toda legalidad.

Acaparó cuantos minutos pudo aprovechar para dedicarlos a la vida familiar y a las distracciones favoritas, como los paseos campestres. Lo mismo le sucedió con sus afanes literarios, tan bien encaminados en la depurada prosa de El jardín de los frailes o en la tensión dramática de La Corona. Aceptó el doble sacrificio, a pesar de no sentirse político.

Entristece leer la confidencia que hizo al diario el 12 de febrero de 1932, cuando confesó que echaba de menos su propia tristeza antigua, a la que ya no podía recurrir para sentirse acompañado:

Uno de estos días pasados, estando en casa, sin ganas de hacer nada, he pasado por una situación de ánimo rara: he echado de menos la tristeza antigua, que se parecía tanto a la esperanza. Desde abril del año pasado, en casi un año de trabajos y sobresaltos, he tenido raptos de mal humor, de impaciencia; he sentido grandísimo cansancio, o hastío, o intentos de fuga; alegrías, pocas o ninguna. Pero nunca he estado triste en todo ese tiempo. Y el otro día, me gustaba pensar en mi tristeza y soledad antiguas, como si el recordarlas me completase la persona, y me devolviese a mí mismo. Entonces, cuando yo no era nadie, era íntimamente más que ahora. (III, 917.)

Esta confesión está escrita por el jefe del Gobierno, aplaudido en el Congreso, jaleado en los mítines, con toda justicia el primer ciudadano de la República, más popular que su presidente, que nunca lo fue. Debiera poder sentirse satisfecho de su trabajo, que era colosal, para encauzar sencillamente el paso de la monarquía autoritaria a la República igualitaria. Sin embargo, echaba de menos la antigua tristeza de los tiempos anónimos, cuando era un vulgar funcionario con inquietudes literarias.

Tremendo el reconocimiento de que en el primer año escaso republicano había tenido pocas o ninguna alegría. No se las facilitaron sus compañeros en la actividad política. Esa constatación le entristecía, y además seguramente le inquietaba, por sospechar que si el comienzo era así, cuando la nación bullía feliz por el cambio político, su continuidad resultaría mucho peor. No se engañaba.

Artículo anteriorLa hora de la República en RRR por UCR – 07.01.2020
Artículo siguienteConvocatoria de reunión de la plataforma consulta popular estatal monarquía o república