‘Aniversario vergonzoso para el altar y el trono’ por Arturo del Villar

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El 20 de noviembre de 2001 sus majestades los reyes católicos de España Juan Carlos I y Sofía, ese modelo de matrimonio cristiano, visitaron a los obispos españoles reunidos en su asamblea plenaria de otoño. Fueron recibidos a la puerta de la Conferencia Episcopal por su presidente, el arzobispo de Madrid, cardenal Antonio María Rouco Varela, y todos los cardenales, arzobispos y obispos presentes tributaron a los monarcas un prolongado aplauso. De ese modo manifestaban gozosamente la continuidad de la secular excelente relación entre el altar y el trono, que tan beneficiosa ha resultado para ambas instituciones, así en la paz como en la guerra. Repasemos la crónica se ese acontecimiento, publicada en el órgano oficial de la Iglesia catolicorromana española, Ecclesia, número 3.077, fechado el 1 de diciembre de 2001.

Los dos mandatarios leyeron sendos discursos, en los que insistieron en recalcar el buen entendimiento existente entre la monarquía y la Iglesia catolicorromana. El arzobispo de Madrid agradeció al monarca que hubiera renunciado al privilegio de presentar la terna de obispos elegibles al Vaticano, mantenido desde la época de los Reyes Católicos Isabel y Fernando hasta entonces, incluso por el dictadorísimo fascista, y declaró:

   Con vuestra actitud personal y la de la familia real habéis mantenido la tradición católica de la monarquía española. Y lo habéis sabido hacer con fina sensibilidad tanto en la vida privada como en la pública, con la normal y sencilla asiduidad de cualquier familia católica española; sin alardes, pero también sin ocultamientos. 

Tenía razón, porque Juan Carlos no hacía por entonces alardes de su afición por incrementar el harén de barraganas que estaba acumulando, hasta las 1.500 que le ha contado el hispanista Andrew Morton en su muy documentado ensayo Ladies of Spain. Los alardes los hizo cuando entró en su vida y en su cama la Corinna Larsen, que por entonces utilizaba un título de princesa tan falso como todo lo relacionado con ella. Tampoco alardeaba en ese tiempo de la fortuna personal lograda con sus apaños como vulgar comisionista, valorada en unos dos mil millones de euros por las revistas financieras.

Una Iglesia ciega y sorda

Sin embargo, es dudoso que la Iglesia catolicorromana, que posee una información privilegiada sobre todo cuanto sucede en el mundo, ignorase esos detalles tan decisivos en la biografía del monarca. Lo que sabíamos todos sus vasallos lo desconocía una Iglesia presuntamente sorda y ciega que no se enteraba de los acontecimientos más sonoros del reino. Solamente con un enorme cinismo, habitual en él, pudo atreverse a decir el cardenal Rouco que el putañero monarca y su malquerida esposa consorte se comportaban como “cualquier familia católica española”.

Esa familia irreal borbónica no representa, por suerte, a la mayoría de las españolas, que son decentes y se avergüenzan de estar regidas por unos personajes tan despreciables. Tenemos que tolerarnos porque no se nos permite expresar en un referéndum nuestras preferencias, y hemos de acatar  la voluntad del dictadorísimo fascista que designó a Juan Carlos su sucesor a título de rey. El reino tiene unas Fuerzas Armadas cuyo jefe supremo es el mismo monarca, y unos magistrados que administran la Justicia en nombre del mismo rey. También tiene mazmorras para los disidentes.

La indignidad del arzobispo de Madrid se patentizó una vez más en la despedida, cuando se atrevió a calificar así el reinado de Juan Carlos I:

Majestades, contad con nuestro afecto y particularmente con nuestra oración, también por toda la familia real, para que sigáis manteniendo el incansable servicio a España de la monarquía, que vuestra majestad con tanto acierto encarna y que es un bien tan profundamente enrazado en la tradición católica.

Sí, Juan Carlos de Borbón y Borbón ha encarnado muy bien la tradición monárquica, como heredero de Carlos IV, de Isabel II o de Alfonso XIII, a los que en su momento expulsaron los vasallos por no poder continuar soportando sus golferías sexuales y sus robos continuados a la Hacienda Pública. La borbonidad se sucede repitiendo sus características predominantes, pero es preciso carecer totalmente de vergüenza para calificar de “incansable servicio a España” lo que ha hecho Juan Carlos I.

Los otros servidores

Al cinismo del cardenal correspondió el rey con otro discurso no menos cínico, de total paralelismo, en el que se refirió él también a “los veinticinco años de mi servicio a España como rey”. Sus forzosos vasallos sabemos muy bien en qué ha consistido su servicio, repartido entre disfrutar de los caprichos sexuales de las 1.500 barraganas y abarrotar sus cuentas secretas en paraísos fiscales con los dos mil millones de euros comisionados.

En justa correspondencia con los embustes soltados por Rouco en su honor, el rey agradeció “el gran servicio que la Iglesia presta en estos momentos a los españoles en campos muy diversos”, porque son tal para cual, dos instituciones enemigas del pueblo al que desangran en su beneficio exclusivo, porque so intocables.

Ese servicio prestado por la Iglesia catolicorromana era semejante al que estaba ejecutando él mismo, con la diferencia de que los eclesiásticos prefieren violar a los monaguillos y seminaristas en vez de mujeres, y de que en lugar de depositar en bancos suizos sus dineros conseguidos con engaños al pueblo crédulo, ellos los trasladan a esa sentina de miserias que es el llamado Estado Vaticano, en donde todas las corrupciones tienen su asiento. Lo llaman el óbolo de san Pedro, uno de los inventos aplicados secularmente por los papas para enriquecerse. Ese óbolo después se incorpora al oro del presunto Estado más pequeño del mundo, guardado en Fort Knox junto al tesoro de los Estados Unidos de América, un lugar inexpugnable que para el papa y los cardenales representa la puerta del reino de los cielos.

El cardenal Rouco y el rey Juan Carlos han perdido el mando, aunque conservan esos títulos honoríficos. Ellos no mandan ya, pero no se nota el cambio, porque sus sucesores mantienen sus privilegios, y continúan dedicándose los elogios mutuos cuando se encuentran. El altar y el trono continúan repartiéndose el poder en España, como siempre.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

Nota: el articulo es responsabilidad de su autor, a. Nosotros solo somos el medio que permite libremente expresarse a sus autores, as.

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