“Animales políticos” por Arturo del Villar

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El Diccionario de la lengua española redactado por la Real Academia Española, define al animal político como “Persona que en su actuación pública revela cualidades innatas para el ejercicio político”. En esta declaración la palabra animal tiene un carácter honorífico, ya que denota unos valores sobresalientes que permiten a una persona intervenir en la vida pública del país con acierto, demostrándolo con sus actuaciones.

¿Cuántos animales políticos existen actualmente en el reino borbónico? Animaladas coleccionamos muchas, pero en el sentido más peyorativo del término. Así, un día un funcionario público iluminado comunica urbi et orbi el método que se le ha ocurrido para mejorar el comatoso medio ambiente del reino: que los plebeyos vasallos de su majestad el rey católico no comamos carne. Otro día se le aparece alguna Virgen sabihonda a otro funcionario público, y le sopla la solución para resolver la caótica situación financiera del reino, que él se apresura a propalar con toda la convicción contagiosa de que es capaz: que los elegantes servidores de nuestro señor el rey católico no usemos corbata, con lo que seremos más ricos y felices.

Y así todos los días los gobernantes nos sorprenden, y a veces escandalizan, con una ocurrencia inédita. Ellos se quedan tan frescos en pleno verano, y sus sufridos súbditos enrojecemos de vergüenza ajena, aunque en realidad no es ajena, sino nacional, porque nos toca muy de cerca.

Los sufridos ciudadanos tenemos derecho a preguntarnos si los que nos gobiernan son animales políticos, o carecen de la más elemental idea de lo que es la política, y por eso dicen las tonterías que se les ocurren de improviso; cuando las han meditado son más atroces todavía. Es cierto que en una monarquía, y además borbónica, resulta imposible encontrar políticos de raza. Todos son lacayos de su majestad, domesticados para actuar como servilones sumisos a sus caprichos.

Hubo animales políticos, en el sentido académico de la expresión, durante la II República. Aquel Gobierno provisional que el 14 de abril de 1931 se encontró repentinamente con la obligación de gobernar, supo transformar en sólo un mes el antiguo reino atrasado, analfabeto y santurrón en un país a la hora del mundo, libre, esperanzado y alegre. Fue preciso desmontar en unos pocos días todo el atraso científico, cultural y social acumulado durante siglos de sumisión al altar y el trono en su alianza contra el pueblo, y se consiguió, a pesar de los obstáculos puestos en el Parlamento por las fuerzas reaccionarias involucionistas.

Dice el refrán que cada nación tiene los políticos que merece, y nuestro reino confirma su exactitud. Un pueblo español drogado por el fútbol y los toros duerme la más larga siesta embrutecedora, sin querer despertarse para evitar lo que considera el vicio de pensar. Los gobernantes siguen el modelo real, consistente en practicar il dolce far niente, que es la postura más cómoda para quienes tienen resuelta la vida. O eso esperan ellos.

Hace falta un partido integrado por animales políticos, capaz de ilusionar al pueblo para que participe activamente en la recuperación de las libertades públicas. La monarquía es un sistema primitivo, caduco y caducado, que ha demostrado cumplidamente cuáles son únicas inquietudes: enriquecerse fraudulentamente y dedicarse a las labores propias de su sexo, por decirlo con una expresión delicada. Los vasallos de su majestad el rey católico estamos hartos de serlo, aunque la inercia derivada del consumo de las dos peores drogas en circulación, el fútbol y los toros, mantiene sumisos a la mayoría. Algunos no nos resignamos, pero estamos en minoría. El desastre es aceptado como inevitable por muchos.

Hacen falta animales políticos que remuevan esta situación Los hay, aunque hasta ahora sean anónimos. Están en ese pueblo que trabaja y sufre, que espera una señal para congregarse. Lo que precisa el reino es un Partido Republicano que recupere los ideales de libertad, igualdad y fraternidad que solamente conocemos como teoría heredada del pasado. Los pobres del mundo, los parias de la Tierra, necesitan escuchar la señal de los animales políticos para ponerse en movimiento. Y la monarquía quedará como el recuerdo de un pasado triste.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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