127 beatos más por martirio en la guerra

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El papa Paco se ha ganado un lugar de honor en el Libro Guinness de los Records, por ser el que más beatos y mártires de la Cruzada española ha catapultado al reino de los cielos. Este 16 de octubre de 2021 ha enviado 127 más de un solo empujón, desde la mezquita catedral de Córdoba de la que se ha apropiado la desvergonzada Iglesia catolicorromana. El papa Paco clama contra los árabes cuando le queman un templo de su secta, sin tener en cuenta que su secta se pasó diecinueve siglos afirmando que era la única religión verdadera, y en consecuencia podía eliminar a todas las demás por ser falsas, que lo eran porque ella lo decía.

Su enviado el cardenal Marcello Semeraro ha oficiado el ritual para que los 127 pasen a ser beatos de la Iglesia catolicorromana, y el obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, pronunció una homilía en la que dijo entre otras cosas por el estilo: “Los mártires han producido entre nosotros un amor más grande, y hoy constatamos una vez más que la vida cristiana es cauce de humanización,  de conciliación y de paz para los pueblos.” Lo que constatamos los españoles es que la Iglesia catolicorromana continúa en guerra contra la República, como lo estuvo incluso desde antes de su proclamación, cuando desde los púlpitos se ordenaba votar a las candidaturas monárquicas, y después continuó en campaña hasta hoy.

Declaración de guerra

Aprobada la Constitución de la República el 9 de diciembre de 1931, los obispos divulgaron una declaración colectiva que es en realidad una declaración de guerra contra el nuevo régimen. Firmada por 59 obispos y vicarios capitulares, carece de fecha, pero fue publicada el 20 de diciembre, y está recogida en el volumen titulado Documentos colectivos del Episcopado español (Madrid, Editorial Católica, Biblioteca de Autores Cristianos, 1974, páginas 160 y siguientes, texto que seguimos aquí).

En resumen, presumían los obispos de “la actitud contenida y paciente con que han obrado la Sede Apostólica y el Episcopado durante la primera etapa constituyente de la República española”, pero aseguraban que ya se había acabado su paciencia, y protestaban contra lo que consideraban un menoscabo de sus privilegios seculares: “Violación del mínimo de libertad religiosa; exclusión de la Iglesia de la vida pública; negación de su libertad interna, como cualquier otra asociación para fines lícitos; todas las libertades, de todos, para todos, menos si se trata de católicos; supresión de los medios económicos de sustentación de la Iglesia, a pesar de varios títulos justos para mantenerla.”

Una sarta de mentiras, como es habitual entre los obispos catolicorromanos. El texto constitucional proclama en su tercer artículo que “El Estado español no tiene religión oficial”, lo mismo que sucede en todas las naciones democráticas. Era el fin de la coalición entre el altar y el trono que hasta entonces sojuzgó al pueblo, imponiéndole la realeza como un derecho divino indiscutible.

De ninguna manera se impedía “el mínimo de libertad religiosa”. El artículo 27 garantiza “la libertad de conciencia y el derecho de profesar y practicar libremente cualquier religión”. Eso resultaba intolerable para la secta catolicorromana. Las sucesivas constituciones monárquicas habían impuesto la confesión catolicorromana como única del reino. Protestaban por perder sus privilegios seculares, porque lo que hacía la Constitución era equiparar a todas las confesiones religiosas reconocidas.

Se sucedieron los enfrentamientos entre los jerarcas catolicorromanos y las autoridades republicanas. El caso más relevante fue la expulsión del cardenal primado Pedro Segura, muy amigo del exrey, conducido a la frontera de Irún el 15 de junio de 1931 por la Guardia Civil, debido a su obsesiva campaña antirrepublicana, que continuó desde el Vaticano. Una débil medida contra un opositor potente.

El obnubilado isidro gomá

La República pecó siempre de blanda ante la continuada dureza de la oposición eclesiástica. Toleró la actividad antirrepublicana del obnubilado Isidro Gomá, desde que siendo obispo de Tarazona insertó una carta pastoral el 13 de mayo de 1931 en el Boletín Eclesiástico, contra la quema de conventos, sin analizar sus causas. Desde entonces se puso en vanguardia de los ataques a la República, actividad recompensada por el Vaticano al nombrarle arzobispo de Toledo el 12 de abril de 1933. Con ello se sintió más capacitado para continuar la campaña antirrepublicana, destinada a protestar contra las leyes aprobadas por las Cortes. Se arrogó una potestad censoria que no le correspondía, pero que el Gobierno tuvo la debilidad de soportar. El presidente de la República, Niceto Alcalá—Zamora, era un ferviente catolicorromano de confesión y comunión semanales, más obediente al papa romano que a la Constitución Española.

El 17 de mayo de 1933 se publicó una “Declaración del Episcopado con motivo de la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas”, aprobada por las Cortes, con el desagrado episcopal, que en su escrito nada menos que “reclama la nulidad y la carencia de valor legal de todo lo estatuido en oposición a los derechos integrales de la Iglesia”. De modo que se atrevían ellos a anular los acuerdos adoptados por las Cortes soberanas, y lo peor es que el Gobierno transigía con tales declaraciones subversivas.

Ante la ineficacia del Gobierno, el dictador del Vaticano, Pío XI, jefe de un Estado extranjero, tuvo la desvergüenza intolerable en la diplomacia internacional de hacer pública el 3 de junio siguiente la carta encíclica Dilectissima nobis, en contra de esa ley. Un Gobierno digno de tal nombre hubiera roto las relaciones diplomáticas inmediatamente con el supuesto Estado Vaticano de opereta bufa. No se atrevió a  hacerlo el republicano.

Y así el poder de Isidro Gomá siguió ascendiendo, hasta que el 16 de diciembre de 1935 fue designado cardenal. Su mando sobre la clerigalla catolicorromana ya era absoluto, como cardenal primado de las Españas, y continuaba en correspondencia constante con el Vaticano, informando a su modo sobre la República. También estaba en contacto con militares españoles ultraconservadores, con vistas a una acción subversiva.

Actividad bélica

Por eso la rebelión militar del 17 de julio de 1936 no le sorprendió. Consiguió que Pío XI publicara el 19 de marzo de 1937 la encíclica Divini redemptoris, en defensa de los militares monárquicos sublevados “para combatir al comunismo ateo”. Una nueva injerencia del jefe de un Estado extranjero en los asuntos propios de España, aunque ya a esas alturas las naciones democráticas se desentendían de la aislada República Española.

El mayor triunfo de Gomá en defensa de sus intereses fue la Carta colectiva del Episcopado español, firmada el 1 de julio de 1937 por dos cardenales, seis arzobispos, 35 obispos y 5 vicarios capitulares, en apoyo decidido a los militares monárquicos sublevados contra la República. En su opinión muy parcial combatían dos tendencias políticas enfrentadas en la guerra española, criterio basado en una interpretación maniquea de la historia, pese a estar condenado por la misma Iglesia el maniqueísmo como doctrina herética, excepto si convenía utilizarlo a su favor. Las dos tendencias eran:

la espiritual, del lado de los sublevados, que salió a la defensa del orden, la paz social, la civilización tradicional y la patria, y muy ostensiblemente, en un gran sector, para la defensa de la religión; y de la otra parte, la materialista, llámese marxista, comunista o anarquista, que quiso sustituir la vieja civilización de España, con todos sus factores, por la novísima “civilización” de los soviets rusos.

Además de interpretación maniquea es estúpida por falsa. Más adelante añaden que el pronunciamiento militar tuvo un “sentido religioso, que lo consideró como la fuerza que debía reducir a la impotencia a los enemigos de Dios, y como la garantía de la continuidad de su fe y de la práctica de su religión”. Es decir, que era una cruzada de los píos cristianos contra los infieles, en el mismo sentido que las medievales bendecidas por los papas.

Aunque en todo momento la Iglesia catolicorromana demostró su oposición más firme a la República Española, con esta carta se hizo beligerante, intervino en la guerra activamente, defendió a los rebeldes desde todos sus púlpitos extendidos por todo el mundo, y recaudó en ellos limosnas para entregárselas a los militares rebeldes, con el fin de que compraran armas para matar a los enemigos de su fe en nombre de su dios vengativo.

Triunfaron los militares monárquicos y se impuso el nazionalcatolicismo en la triste España derrotada. Los jerarcas religiosos hacían el saludo fascista junto a los militares, el dictadorísimo era introducido bajo palio en las catedrales, lo mismo que la hostia consagrada, y por fin el papa Pío XII le concedió el 21 de diciembre de 1953 la cruz de la Suprema Orden Ecuestre de la Milicia de Nuestro Señor Jesucristo, máxima distinción vaticana para premiar las virtudes de un político, en este caso máxima canallada papal contra los españoles esclavizados por el fascismo.

La Iglesia catolicorromana fue beligerante contra la República, y ahora continúa siéndolo, con las beatificaciones y canonizaciones de los llamados mártires de la Cruzada. La Iglesia se mantiene en guerra contra los republicanos herederos de las ideas triunfantes en 1931 por voluntad mayoritaria del pueblo español. Tengámoslo en cuenta, y no lo olvidemos nunca.

Arturo del Villar, presidente del colectivo republicano tercer milenio.

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